martes, 18 de febrero de 2020

STURLA: EL IMPOSTOR


El impostor tomó la palabra. Con su voz de zonzo –no se nos ocurre otra forma de describirla-, cansina, lerda, se refirió, alegre, a sus muy distinguidos convidados: entre otros, a la futura Vicepresidente de la república, mujer amancebada, virulenta feminista y defensora –entre otras aberraciones- del putimonio. ¡Qué católica ejemplar!


No se nos escapó el hecho de que, en el instante mismo en que nombrara a la Argimón –cual divina señal- un bebé largó un estruendoso y doliente llanto, siendo retirado prestamente de la Iglesia.


Mas el impostor siguió: y, no contento con lamerle el traste a la camarilla de infieles que ocuparán el derroche de mármol de la Avenida Libertador los próximos cinco años, en su sermón llegó al culmen de la blasfemia, dando una bofetada atroz, certera, doliente hasta el desgarramiento, a todo católico bien nacido: hizo una referencia, complaciente y feliz, sobre la masonería, en cuyo “templo” –así, con esas palabras, cual maniobra demoníaca- el Presidente Vázquez –masón él- se refirió, no ya a las virtudes de la Esperanza, de la Fe y de la Caridad; no ya a los Diez Mandamientos; sino a la sacrosantísima laicidad, nuevo dogma de la iglesia conciliar y sturliana, que se jacta de su “bendita pluralidad” (¡!).

Terrible y sangrante golpe. El blasfemo, en homilía que escuchó todo el país –quizá la primera desde hace décadas- se dedicó a tributar al enemigo, confundiendo y destrozando a su grey.

Ese fue solo uno de los innúmeros sacrilegios que se perpetraron ayer en la Iglesia de la Aguada.

Caiga sobre el impostor el peor de los castigos, y vaya a parar en lo más profundo del infierno.