viernes, 6 de noviembre de 2020

ASESINATO DE UN NIÑO POR EL TERRORISMO FRENTEAMPLISTA


 No viene mal repasar crónicas pasadas y sacar a luz la VERDAD HISTÓRICA de nuestro pasado reciente. Ocurrió el 7 de noviembre de 1971. Hace aniversario por estas horas.

EL CRIMEN DE CASTILLOS

La víctima

Osvaldo Roberto Amonte Barrios tenía solamente once años. La bala que penetró en su frente y segó injustamente su pequeña vida fue accionada por aquellos que decían, durante la campaña electoral de 1971, defender su futuro: el Frente Amplio.

Tanto la defendieron que no vacilaron en matarlo de un tiro en la frente. Porque esa es la expresión típica de la cobardía y la peligrosidad marxista- tupamara.

El niño, ajeno a todos los dramáticos acontecimientos de 1971, que signaron la gira del frentismo-tupamaro, observaba parte de los tumultos que desencadenó la presencia de la caravana del General Seregni.

Estaba junto a sus hermanitos, Juan Jacinto y Carlos Manuel, en el interior de su vivienda de Castillos, ubicada en el 19 de abril 1103. Tras la ventana por donde observaba la intolerancia y violencia desatada por los guardaespaldas del General Seregni, se escudaba la muerte.

Y esa muerte llegó en el tiro que partió del arma de Manuel Martínez Bandera. La inconsciencia y la criminalidad manifiesta de estos grupos de choque del Partido Comunista –que protegían a Seregni- selló la suerte del pequeño de once años.

Ajenos también al drama que llegaba a su epicentro a la caída de la tarde de aquel fatídico 7 de noviembre, estaban los padres de la infortunada criatura. Su madre, Gladys Barrios de Amonte, atendía los quehaceres de la casa. Su padre, Roberto Amonte, observaba la caravana y los primeros incidentes desde el frente de la humilde vivienda. Cuando sonaron los primeros disparos, el padre del niño asesinado corrió hacia el interior de la casa para prevenir a su familia y quitar a los niños de la ventana. Pero su carrera fue una carrera infructuosa.

El asesino

Manuel Martínez Bandera es el nombre del asesino del niño de Castillos y por ello quedará en los anales de la dolorosa y reciente historia del Uruguay en lucha por sus libertades. Bandera era uno de los “matones” integrantes de las fuerzas de choque del Partido Comunista que custodiaba las espaldas de los cobardes políticos que instigaron intelectualmente desórdenes y el enrarecido clima preelectoral de 1971.

El repudio que despertó la presencia de la dirigencia frente-comunista en Castillos el 7 de noviembre de 1971 degeneró en un tumulto alrededor de la caravana del Frente Amplio. Allí, en medio de la confusión, el asesino de las huestes de choque de Seregni disparó un revólver calibre 38, para dar muerte al niño.

Manuel Martínez Bandera será un símbolo de ahora en adelante. Símbolo de la opresión, de la tortura y de la ejecución tan comunes en los países donde el comunismo tiraniza.

Detenido tras la denuncia, hace ocho semanas, de un integrante de las filas de los conspiradores tupamaros- comunistas, el guardaespaldas intentó evadir su responsabilidad. Por fin, confesó que había efectuado disparos al aire, como si esto minimizara su crimen.

Ahora, se continúa analizando la eventual participación del criminal en las filas de los tupamaros. Si esto se probara, quedará a la luz nuevamente la organización apátrida que vincula a los grupos comunistas con los grupos frentistas y los grupos tupamaros, convirtiendo en un solo haz de destrucción y muerte a esas corrientes político-conspiradoras.

La mentira

Ocurrido el crimen, la vertiginosa velocidad de los aparatos propagandísticos tupamaro-frentista-comunista salió al paso de la verdad.

Y esta verdad no pudo resplandecer de inmediato en una Nación atemorizada aún por la guerra que estaba en plena marcha.

Así, ante el estupor de la población de Castillos, se echó a andar la gran mentira. Los fariseos de la prensa comunista, los escribas a sueldo de los corruptos y conspiradores, acusaron de inmediato a un joven de la Juventud Uruguaya de Pie. Enseguida levantaron la cortina de humo para ocultar su tremendo asesinato. Los diarios comunista-tupamaros afirmaron que un integrante de la JUP había efectuado el disparo. Construyeron todo un aparato de calumnias, mentiras, falsedades, rumores y dudas que nunca confundió al pueblo uruguayo, pero que retrasó, en parte, la acción de la Justicia Civil. Por meses, el pueblo oriental reclamó una acción vertical. Hasta que la Justicia Militar, representada por el Coronel Doctor Federico Silva Ledesma, tomó cartas en el asunto, partiendo de la acusación concreta e ilevantable de un conspirador que estaba detenido y a las órdenes de la misma Justicia Militar.

De allí en más, los acontecimientos se precipitaron. Hace ocho semanas se detuvo al asesino. Manuel Martínez Bandera no pudo sostener mucho tiempo la mentira que formaba parte del plan frentista.

Y, a medida que caían las mentiras, quedaban en claro mentiras peores. Las que dijeron los grandes responsables.

Tanto el General Liber Seregni como el Secretario General del Partido Comunista, Rodney Arismendi, habían responsabilizado a inocentes del crimen. De esa forma, hablaron de la “rosca” y de “grupos fascistas” [como lo siguen haciendo], en el típico lenguaje marxista-tupamaro.

La Justicia Militar hizo jugar –entre tantos elementos probatorios del crimen comunista de Castillos- un objeto definitorio para las investigaciones que fue recogido tres horas después del asesinato del niño Amonte Barrios: el arma homicida. Se trataba del revólver calibre 38 que accionó el asesino aquella tarde de 1971.

Ramón Sosa, un tallerista de Castillos de 41 años, encontró, búsqueda mediante, el revólver Smith & Wesson,  que el infame criminal arrojó después de su asesinato. Sosa afirmó a la prensa que poco después del tiroteo fatal vio detenerse frente a su garaje de Castillos un automóvil que acompañaba la caravana del General Seregni. De ese automóvil, bajaron cuatro hombres con armas en la mano. No los reconoció en el momento, pero ahora estima (los hechos lo ratifican) que eran los guardaespaldas de Seregni.

Presume también que fue en esos momentos cuando Manuel Martínez Bandera se desprendió del revolver con que mató al niño.

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