lunes, 4 de enero de 2021

JUICIO SOBRE LA DEMOCRACIA (II de II)



Publicado originalmente el 16 de agosto de 2020.

“Alfonso Reina salía centellando del salón de la conferencia. Ha acabado la votación, se niega la existencia de Dios por la mayoría de siete votos”

En la primera entrega de este ensayo se explicó cuál es el juicio de la Iglesia y del pensamiento clásico de Occidente acerca de la democracia bajo su primer aspecto, la soberanía popular. En esta segunda entrega se analizará el juicio acerca de la democracia bajo su segundo aspecto, el sufragio universal, tal como ha sido definida a los efectos de este ensayo.

2) Sufragio universal

“Existe una plaga horrenda que aflige a la sociedad humana y se llama sufragio universal. Es ésta una plaga destructora del orden social y merecería con justo título ser llamada mentira universal”. Sentencia es ésta del Papa Beato Pío IX, extraída de su encíclica Máxima Quidem, de 9 de junio de 1862.[1]

El sufragio universal es, entonces, para el Magisterio de la Iglesia Católica (Iglesia que –aclárese- es Mater et Magistra, es Madre y Maestra) una plaga horrenda destructora del orden social, que debe ser llamada con justo título mentira universal. ¿Por qué tan grave juicio condenatorio?

Como afirma el mismo Papa Beato Pio IX, el sufragio universal es destructor del orden social, porque la representación política que apareja es en sí misma, necesariamente, destructora del orden social. Es ésta la representación en base a los partidos políticos.[2]

Al respecto, escribe el sacerdote argentino, Padre Julio Meinvielle: “nada más deplorable y opuesto al bien común de una Nación que la representación en base al sufragio universal […] Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor […] corruptor porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comité, esto es, oficinas de explotación del voto; donde el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Tan decisiva es la corrupción de la política en base al sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez […].”[3]

La representación en base a partidos políticos conspira, de consuno, contra el interés general. Puesto que está en la esencia de los partidos políticos el interés sectario y divisor: “Una y sola será siempre la Religión que une; múltiples y amenazantes serán los partidos que disocien, fragmenten, atomicen o dividan”, enseña el Dr. Antonio Caponnetto, eminente poeta, historiador y filósofo argentino.

Vale atender, a ese respecto, al testimonio del estadista portugués Antonio de Oliveira Salazar, quien gobernó su país entre 1932 y 1968 bajo una “atmósfera de milagro”, según las palabras del Papa Pío XII:

“Soy profundamente antiparlamentario, porque detesto los discursos hueros, la verborragia, las interpelaciones vistosas y vacías, el halagar las pasiones, no en torno a una gran idea, sino de futilidades, de vanidades, de naderías, desde el punto del interés nacional […] No nos podemos permitir el lujo de dejar reinar de nuevo entre nosotros la división y la discordia, y de consentir a las luchas partidarias […] El espíritu de partido corrompe y envilece el poder, deforma la visión de los problemas, sacrifica el orden natural de las soluciones, se sobrepone al interés nacional, dificulta –cuando no se opone completamente- la utilización de los valores nacionales al servicio del bien común […] [En síntesis] la Nación tiende instintivamente a la unidad; los partidos, a la división.”[4]

Conclusión

Son muchos, pues, los argumentos por los cuales el juicio que ha merecido la democracia para la Iglesia y para el pensamiento tradicional de Occidente es condenatorio. La democracia, primero, se basa en una ficción, cual es  la soberanía popular, invento de cuño masónico que data, aproximadamente, de la Revolución Francesa.[5] De ninguna forma la soberanía radica en el pueblo, sino en Dios.

En segundo lugar, la democracia se basa en el sufragio universal, “mentira universal” en palabras del Papa Beato Pío IX, puesto que, necesariamente, a través de la representación partidocrática, es destructor del orden social, sembrador de discordias y de anarquías, una redondeada subversión contra el Orden Político Natural. Su remedio lo constituye la política auténtica, basada en los organismos naturales, orgánicos, intermedios, tal como se vio en nuestra serie “La Política y la Representación”.


[1] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejón, 2014, p. 27.

[2] Véase, al respecto, las cuatro entregas de “La Política y la Representación”. Están disponibles en este blog, divididas o juntas en la sección “Documentos”.

[3] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 33 y 34.

[4] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 143.

[5] El jesuita Francisco Suárez es un antecedente a considerar. “Suarez proclama a manera de conclusión, como un notable axioma de teología, egregium theologiae axioma, que ningún principio político es de institución divina inmediata, sino que todos han sido establecidos por medio de la multitud soberana […] Suárez es uno de los maestros del liberalismo moderno en política y si no es precursor de Rousseau, se lo debe considerar, al menos, el padre auténtico de nuestros sillonistas.” (Victor Bouillon, “La Política de Santo Tomás”, Buenos Aires, Editorial Nuevo Orden, págs. 45 y 54).

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