miércoles, 14 de julio de 2021

LOS LOCOS Y LOS CUERDOS

Por DARDO JUAN CALDERÓN

Tenemos bien entendido que el hombre necesita, por naturaleza, hacerse una idea del cosmos donde está inserto. Es decir, que nuestra psiquis no se encuentra en paz en la medida en que no se hace una explicación del orden que lo rodea y que lo incluye. Por tanto, en la medida en que el hombre está más de acuerdo con ese orden, mayor es su firmeza psíquica y su grado de “felicidad”, y en la medida que no encuentra explicación de en qué consiste  la “empresa” de la que forma parte (desde su actividad laboral, su país y la historia en general), una falta de sentido  oscurece y amarga toda su existencia. Se enferma y se destruye.

Queda un último personaje; el que entiende el orden en el que está inserto y lo reprueba, lo que le deja varios caminos: si hay posibilidades lo combate y es heroico. Pero si ya está tan sólo que no puede combatir… o se hace cínico dentro de él, o le queda una de las especies de martirio. Siendo la relegación sociológica el más común de la actualidad en países occidentales.

Esta breve idea, más que obvia, es la que ilumina la llamada “psicología organizacional”, nacida entre las dos grandes guerras y los procesos de industrialización enormes que estas generaron.  El hombre – no sólo el obrero, sino hasta los mandos medios y altos - que formaba parte de la líneas de producción sólo veía una partecita especializada del trabajo (recuerden la película de Chaplin - Tiempos Modernos – en que ajusta una tuerca dentro de una línea de montaje, sin saber ni para qué lo está haciendo) y se producía una enfermedad psíquica muy parecida a una depresión, que se dio en llamar “enajenación”, palabra que se usaba ya para los “locos”, es decir, un estar fuera de sí, pero que ahora se refería a un estar fuera del “contexto” existencial (la especialización de las profesiones produce un idéntico efecto, al punto de que, por ejemplo en la medicina – y en todas las otras igual-  ya no saben que están tratando un “hombre que vive y que discurre una aventura sobrenatural”, sino una rodilla, o un hígado o un pene. No ha llegado a las ciencias modernas la necesidad de esta idea de concebir un hombre integral al final de la línea).

La enajenación era la enfermedad de los tiempos modernos, no sólo en la línea de trabajo donde los hombres no sabían qué estaban haciendo ni qué salía al final de la línea, o si lo que estaban haciendo era algún producto de calidad o una chapuza; ni para quién eran las ganancias, ni si ese trabajo era un bien o un mal para la comunidad, y mil otros interrogantes. Pero ni hablar del proceso de enajenación que significaron las dos grandes guerras donde, de la misma manera combatían y entregaban sus vidas la más de las veces sin saber ni para qué era todo eso, ni quienes ganarían con las “victorias” o con las derrotas. Es más, nace el “discurso”, un mensaje emotivo (el patrioterismo) para entusiasmar las masas que la más de las veces resultaba en un engaño y una posterior  desilusión. Munch pintaba ese estado de enajenación con su cuadro “El grito”, donde el hombre descubre después de la entrega de su vida que todo era una estafa. Fue el resultado de los grandes discursos bélicos del siglo XX, una “Masacre por bagatelas” dirá Céline, posterior a los cuales, y según el mismo Víctor Frankl, los consultorios psiquiátricos se llenaron de clientes. El hombre salido de este gran fraude sangriento ya no sabría nuca más a ciencia cierta a qué intereses responde el mundo que lo rodea.

Cierto que a nivel económico, después de la guerra, las grandes empresas iniciaron una tarea de aportarle a sus cuadros un “sentido de pertenencia”,  insertarlos dentro de un ámbito de conocimiento de todos los aspectos de la organización y hacerlos partícipes del orgullo de un “buen producto” (vean el film “El Gran Torino”) para de esa manera sacarlos de la depresión del hombre enajenado y ser un “Hombre de Ford”, orgulloso de lo que hacía con su fuerza laboral, pero que desconocía hasta sus hijos. Esta política tuvo grandes resultados en la revolución industrial japonesa, en la que cada hombre compenetrado en ser parte de un resultado empresarial que lo enorgulleciera, produjo un salto de calidad en su industria realmente milagroso. Ya nadie apretaba una tuerca, estaba formando parte de la construcción de un TOYOTA (por decir uno) que era ¡el mejor auto del mundo!; pero las existencias se vaciaban de todo sentido una vez terminado el trabajo y los índices de suicidios eran enormes tras las jubilaciones.

Hace pocos días tuve que hacer un informe sobre una pasante en el estudio, y la encuesta de la universidad (mala, zurda e idiota) sin embargo contemplaba si la pasante, además de hacer su trabajo, se había formado una idea de conjunto del ámbito de trabajo, quién era más o menos influyente en el proceso, es más, si había captado la posición social de los componentes fuera del ámbito de trabajo y si había tomado conciencia del “rol” social – beneficioso o no – de la empresa dentro de la comunidad y ¡hasta “a nivel global”! La pobre sólo había llenado formularios de la afip, bastante bien y conociendo las normativas, y su atención estaba en ver cómo se ganaría la vida para volver a su casa importándole un bledo todo aquello. Indudablemente “estaba enajenada”, cosa que no informé, pues el orden que me hubiera gustado que ella comprendiera estaba en el catecismo.

Pero con respecto a la historia, a los movimientos “macro” (como se dice ahora) nadie sabe para dónde marchan – ni aún los “mandatarios” de las democracias -  y una vez caído el encanto progresista con la posibilidad de la tragedia nuclear, hay una oculta sospecha de que estamos insertos en un proceso más que sospechoso, probablemente funesto, pero oculto en sus líderes, en sus fines y en sus intenciones a tal punto de hacerse inescrutable. Todos quedan enajenados.

Y acá vamos a otra característica natural de la psiquis humana, el principio de “completividad”. El hombre busca naturalmente entender las cosas dentro de un orden mayor. Por ejemplo, si veo diez flores iguales en un renglón, no veo diez flores, veo una guarda. Armo el conjunto y le doy sentido, completo lo que no se me da evidente. El hombre busca por tendencia natural el darle el sentido de un orden a todas las cosas que ve y que lo rodean. Y el intelecto “rellena” el dato que le falta hasta encontrar un sentido de orden. Lo hace con su familia, con su lugar de trabajo, con su pueblo, con su nación y con el mundo. Desde el simplón hasta el intelectual. El taxista tiene una explicación del mundo tanto como el teólogo más encumbrado. La diferencia existe en la capacidad y en el conocimiento que se posee para “armar” ese orden. No vamos a entrar mucho en el problema gnoseológico, pero mínimamente veamos el asunto de que si todo esto es porque las cosas, la naturaleza,  el cosmos en general, tienen un orden dado por una inteligencia creadora que nosotros descubrimos por la contemplación de ese orden, o,  todo es un caos, una especie de desorden en que la inteligencia humana ordena las piezas según el fin que se propone, en cuyo caso lo importante no es la contemplación, sino el “hacer”. Si me propongo hacer algo, pues “organizo”, ordeno a partir del fin que me propongo. Esta es la diferencia entre el hombre tradicional (que se encuentra en un orden dado por el Creador) y el hombre moderno (que crea sus propios ordenes).

Pero volvamos a lo nuestro; cuando los hombres echan a andar sus propios ordenes, para sus propios fines, yo puedo, como dijimos más arriba, acordar con el mismo u oponerme; pero si esos fines (y por tanto esos ordenes) son inconfesados, secretos (por diversas razones) pues yo – el hombre- si he quedado dentro del sistema organizado puedo saber  apenas algo de lo que me toca hacer, normalmente referido al trabajo con resultado económico, pero no tengo la explicación “completa”, esta explicación me es ajena, estoy enajenado del “mundo” en que vivo.  Y sin ninguna duda esta es la situación del hombre moderno  ante fuerzas poderosas anónimas que gobiernan las naciones y hasta el mundo entero con fines inconfesados.

Recapitulando, la psicología organizacional vio que el hombre enajenado del orden de la empresa se enfermaba y se hacía improductivo, así que lo pusieron (desde el portero hasta el gerente) al tanto del orden general de la producción, orden que a la vez debía ser “bueno” (un producto de calidad), y aún más, que esa empresa debía ser buena para la sociedad, entonces el hombre cobraba un sentido de su trabajo y un sentido de valor de ese trabajo. Eso lo hacía un hombre feliz. Pero claro, el hombre entonces tiene que continuar de igual manera en la comprensión cada vez más general de los órdenes, su país, su nación y hasta el mundo en general. Y en esos lugares todo se hacía oscuro, podía en el mejor de los casos haber un “discurso”, una estafa, pero que cada vez con mayor velocidad se hace patente, produce la desilusión y la incredulidad, y hasta últimamente se prescinde de la mentira discursiva, se sabe que “no hay que preguntarse” más allá del bolsillo,  haciendo del hombre moderno una horda de enajenados.

Frente a esto hay dos posturas. La primera decide limitar la exigencia de comprensión, cortar esta especie de curiosidad natural y no preguntarse más allá de lo inmediato. “Si quieres que tus días sean felices… ¡no analices!”.  Este corte lo llamamos en otro artículo “agnosia moral”. No quiero ver y no quiero pensar lo que no puedo saber, luego ni lo que sí puedo saber y, hasta en casos, lo evidente. Y como dijimos, este hombre que no se plantea más allá de lo inmediato para dejar de pensar en qué orden está inserto, pues es un hombre anestesiado y amputado en su sistema nervioso. Es un enajenado voluntario, él mismo decide no saber más allá y pasa a entender que el querer saber más, saber lo que no se puede saber, es un rasgo de locura. El enajenamiento es la cordura. Hemos dado vuelta el sentido.

La otra postura es negarse a la enajenación y tratar de ver, de saber, cuál es ese orden inconfesado y secreto dentro del que estamos inmersos, y volvemos al taxista. Son tantos los espacios desconocidos que tenemos que “rellenar”, que la imaginación – con más los pocos o muchos datos que se tienen por estudio y experiencia, y con la capacidad o inteligencia de cada uno – construye una explicación del orden que vivimos, que es casi – o completamente – literaria. Por lo menos es bastante incierta. Y allí nacen los “locos”, los conspiracionistas y otras yerbas.

En suma, o te enajenas voluntariamente (que ahora es estar cuerdo), o te vuelves loco armando un rompecabezas al que le falta una enorme cantidad de piezas. Pero ojo, porque el enajenado voluntario es sin duda un enfermo psíquico, y aunque parezca un hombre racional y prudente, tarde o temprano gritará agarrándose la cabeza como el cuadro de Munch, porque no sabe qué sentido tiene su existencia y será más temprano que tarde, mal sorprendido por los resultados. Está más loco que el loco conspiracionista (o apocalíptico) que por lo menos responde al impulso natural de saber, de explicarse y de completar.

El sistema religioso cristiano ponía al hombre en conocimiento de todas las respuestas con respecto al orden. Ese orden puesto por Dios era un orden “confesado”, expreso y daba el sentido desde lo más ínfimo hasta lo más complejo, me ubicaba en mi medio, en mi cosmos y en la historia, me “integraba”, no me enajenaba. No digo que me prometía aquí un lecho de rosas ni un final hollybudense, no tenía un discurso emotivo y no producía desilusión alguna. Pero en la historia, en esta de aquí, la nuestra particular (que termina en la muerte) y la general del hombre (que termina en un apocalipsis), no nos daba la idea de un happy end. Y al no darnos esa idea no era muy propicio para ciertas empresas terrenas en las que estaba empeñado el homo economicus, como “el trabajo” económicamente productivo llevado a la cúspide de la razón existencial. Pero este objetivo economicista es inconfesable por una razón obvia, la gran mayoría, como en aquellas dos guerras, será carne de cañón, porque no hay ganancias sin pérdidas, y mucho menos grandes ganancias sin grandes perdedores.

Esto hizo que el catolicismo se viera en merma de desarrollo con respecto a los medios protestantes que armaron “el espíritu del capitalismo”. Aún antes del Concilio (y anticipándolo) hombres como Escrivá de Balaguer promovían desde un nuevo catolicismo (que no es otra cosa que un protestantismo romano), el enajenamiento como respuesta prudente frente al mundo masón, es decir la prescindencia del juicio sobre el “mundo”, el de no tratar de entender en qué orden estábamos inscriptos los católicos de la modernidad y si debíamos rechazarlo y enfrentarlo, o por lo menos sabotearlo. Por el contrario, había que “amar profundamente al mundo”, sobre todo sin comprender hacia dónde lo dirigían unos personajes que no se conocían. Todo estaba en el “trabajo” terreno al que se le otorgaba una dimensión salvífica y no había nada más allá de esa escueta frontera mental.

La palabra “conspiración” es una palabra, de connotación negativa, que le echan en cara los conspiradores (¡ja!) a quienes no quieren caer en la locura de la agnosia moral, de la falta de juicio sobre el mundo, del corte antinatural de los interrogantes intelectuales. A quienes se niegan al prozac y los anestésicos. Y sin duda alguna, cuando muchos de estos hombres normales siguen su natural tendencia e intentan explicarse el orden en el que están, al rellenar los huecos que deja el secretismo y el anonimato, la más de la veces sin mucha preparación y con ninguna guía magisterial, suelen decir un montón de pavadas y dar peso específico a las acusaciones de paranoia. Pero, repito, no se dan ustedes una idea de lo enfermos que están los que han dejado de cuestionarse y han cortado sus terminales nerviosas. Los que entregan su trabajo y sus vidas a órdenes que desconocen (aun sospechando en el fondo que los mismos pueden ser perversos). Los que entienden que su grado de responsabilidad termina en la punta de sus dedos, de lo inmediato de su conducta con sentido económico.

La insensatez ha llegado a tal grado que para todos estos bien pensantes, aún católicos, si un pobre creyente se toma en serio el Apocalipsis es un chiflado. Un loco que amarga el futuro de las nuevas y jóvenes generaciones. Un antisocial que aunque con amor y celo quiere despertar a los demás de una modorra suicida, pone a todos en la encrucijada de tener que tomar decisiones difíciles. Un aguafiestas. ¡Como si la vida fuera una fiesta! Pero el que no lo sea, que es evidente para todos, parece que es una mala noticia que no hay que darles a los jóvenes que ya no pueden vivir sin ilusiones. Sin ser ilusos. Y para que los jóvenes crean tamaña mentira hay que impedirles ver, ver que el mundo está manejado por unos hideputas que están ejecutando una estafa colosal; que aunque no sabemos a ciencia cierta como la llevarán a cabo, más menos la suponemos  tratando de llenar los vacíos que el secretismo masón produce a propósito y que lo único que sabemos seguro en medio de toda esta oscuridad, es la claridad de la Profecía a la que nos estamos cegando.

2 comentarios:

  1. Se joderán los jóvenes – y los no tan jóvenes – cuando ya no se encuentren pobres creyentes que se toman en serio el Apocalipsis. Chiflados y locos que, con amor y celo, quieren despertar a los demás de una modorra suicida. Aguafiestas que recuerdan: ¡Como si la vida fuera una fiesta!...
    Gracias Dardo.
    Leí hace unos días sobre la peregrinación al santuario francés de Nuestra Señora de las Gracias en Cotignac.
    “Sé hombre, sé esposo, sé un padre..!!”,
    les dijo el obispo Dominique Rey a los muchos varones que allí llegaron.
    tal vez agregó “No seas iluso!...no te enajenes voluntariamente”
    Señor danos muchos buenos y santos sacerdotes, y también algunos “locos” (aunque estén lejos). Saludos, BLAS

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  2. Qué bueno leerte siempre Dardo. Estamos en la advertencia del vómito de los tibios, o sea, los enajenados. Estamos bien.
    Daniel de la Fosa

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