martes, 25 de enero de 2022

NUEVAS TECNOLOGÍAS, VIEJOS VICIOS


Por FLAVIO INFANTE

Vista la muchedumbre de hábitos centrífugos que caracterizan a nuestros contemporáneos, habría uno al que se le podría atribuir siquiera per accidens la orientación inversa, hacia el centro, sobre todo si admitimos que lo más profundo que tiene el hombre moderno son sus apetitos inferiores, la cupiditas. Este hábito (llamémosle, no sin paradoja, «de interiorización»), desconocido por nuestros antepasados y de inquebrantable vigencia, es propiciado por el remolino informático que saquea toda realidad circundante, en ondas expansivas de alcance imprevisible, para deponerla en cifra en el bolsillo del sujeto.

Sí: el hombre híbrido de estas postrimerías tiene un frío nuevo órgano cordial al paso que un cerebro nuevo, todo en uno, en ese adminículo luminiscente que, según las distintas latitudes, puede recibir el nombre de «celular» o el de «móvil» -y ambos nombres son tan significativos como apropiados a nuestro momento histórico. Porque el primero nos remite al mundo de lo pequeño, de lo ínfimo, a la “micrología”, a las nimiedades que son objeto de atención y exaltación en nuestra triste hora sin grandeza. En tanto que el solo mote de «móvil» es todo un emblema allí donde no queda nada de estable y el devenir incesante ha venido a identificarse con el ser mismo de las cosas.

Nótese bien que lo que arriba apuntamos (i.e.: el flujo centrípeto propiciado inesperadamente por la tecnología de bolsillo) sólo puede ser asumido en clave de ironía o paradoja: el hombre, merced a esta coartada, se sigue derramando hacia afuera sin remedio y como nunca. El carácter centralizador de su experiencia radica nomás en el fenómeno meramente físico del electromagnetismo, de las etéreas y concéntricas oleadas que lo asaetan: el aparatito (que al fin de cuentas, y aunque mimetizado con sus entrañas, sigue siendo un objeto exterior a él) emanará ora el balido de un ternero, el estrépito de un jarrón al quebrarse, la disímil música de un motor rugiente de Fórmula 1 o de un xilófono, y el sujeto suspenderá una conversación para atender el chusco mensaje que le es reportado a través de aquellos timbres. Eficaz fomento de la mala educación y del desaire del prójimo, el celular sustrae al hombre de los más elementales deberes para con sus semejantes y lo pone al acecho de nulidades que irán consolidando en él el hábito moderno de la deserción de las causas y de los fines, emplazándolo en ese presente continuo e informe que guarda tanta similitud con una inmersión en el Leteo pero sin la bienaventuranza que a ésta le sigue. Es un placentario e intermitente olvido de sí, de su misión, de su deber, un viaje subitáneo y narcótico al paraíso fugaz embalado para el homo videns. Apenas la chispa que dis-trae; quizás el más proporcionado opuesto a la a-tracción de la zarza ardiente, del misterio.

Todo esto viene de hace mucho, y no estará de más imitar a aquellos presocráticos que indagaban en el arché para explicar lo que veían: la experiencia común revela siempre la poderosa presencia de los principios en las secuelas. A nosotros nos toca remontarnos a los orígenes de la modernidad, que supuso una ruptura categórica con una tradición hasta entonces antiquísima e ininterrumpida. Porque incluso la Revelación cristiana, con presentarse como una novedad en toda regla, no puede entenderse en clave de ruptura, ni jamás se representó a sí misma como tal: por el mismo motivo por el que gratia  supponit naturam, el cristianismo asumió todo lo que había de aprovechable en el depósito de la ingente antigüedad. Si la bien llamada «síntesis tomista» encarna a la perfección esa disposición de espíritu-y es su culminación insuperada-, el magma confuso que dio avío -primero en el plano de las ideas, y pronto en el de los hechos- a los tiempos sucesivos, y que podríamos cifrar en el escepticismo nominalista, el pesimismo antropológico de Lutero y el subjetivismo cartesiano-fichteano, ese estanque plutónico, decimos, que barriendo con el traditum inaugura los tiempos nuevos, sigue del todo vigente como patrimonio genético de la modernidad en curso, y lo que hoy se vive, en términos generales,  constituye como las últimas consecuencias derivadas de aquellas malas intuiciones iniciales.

Incluso ciertas vías de presunta superación del atolladero moderno se revelaron bien pronto fallidas, como ocurrió con la reacción fenomenista contra la deriva del solipsismo, ya que lo que urgía no era el mero reconocimiento sensible del mundo y su multiplicidad allende la res cogitans, sino la recuperación del hábito metafísico que permitiera escalar el sinuoso trecho que cursa de la aprehensión de la cosa a su intelección, concediéndole al sujeto una noticia cada vez más depurada del ser que late tras las apariencias. Era el orden el que pedía ser restablecido, la jerarquía (que es el principado divino sobre la Creación) y el sentido de la proporción. Las sucesivas revoluciones industriales, favorecidas por la vigente concepción de la ciencia según el patrón matemático, no hicieron más que sofocar la restauración necesaria y extraer nuevas y siempre más funestas consecuencias de aquella ruptura que había sido una inédita des-ligación contraria no sólo a la Religión revelada, sino incluso a la religión natural, a la ingénita disposición que tiene el hombre no embrutecido de reconocerse deudor: omnibus debitor sum. El drama histórico espoleado por el pensamiento en acto, por los malos principios que determinan pésimos desarrollos, encuentran al hombre maniatado por las cadenas de sus pasiones más viles y de su orgullo, y picado en sus entrañas por la secuencia de frustraciones padecidas sin tasa. Las “nuevas tecnologías”, en esta desoladora sazón, no hacen más que verter sal en sus heridas.

Este invento del teléfono móvil-más sus “nuevas aplicaciones” acumulativas ad nauseam-merecería, antes de encadenarse uno a él, al menos un poco de reposada atención. Deberían calibrarse tanto el grado de su real necesidad como sus previsibles riesgos. “Toda tecnología incorpora una filosofía que es expresión de cómo ella nos hace usar nuestra mente, de en qué medida nos hace usar nuestros cuerpos, de cómo codifica nuestro mundo, de cuáles de nuestros sentidos amplifica, y de cuáles de nuestras emociones y tendencias intelectuales desatiende”, leemos en Neil Postman, y es una advertencia rigurosa. La aceptación resignada y acrítica (cuando no entusiasta e idolátrica) de toda novedad tecnológica es un síntoma elocuente de esa incapacidad adquirida para poner algo de orden en la multiplicidad difusa. Supone un estado de cosas en el que la disipación, la divagatio mentis, se han constituido poco menos que en un timbre de honor, el exclusivo salvoconducto para ser uno admitido en agregados de gente (que no en auténticas sociedades) carentes de referencias estables. Se acaba por rendirle tributo a la novedad por su solo carácter de tal; las tecnologías, amparadas en su presunta neutralidad moral, sirven como auxiliares necesarios del turbión que trueca hábitos de vida y de pensamiento.  

Al final del «Fedro» platónico se lee de aquel recelo que un antiguo rey fenicio albergaba para con el naciente arte de la escritura, ofrecido entonces como un “fármaco de la memoria” que prolongaría los efectos de ésta, y que el rey rechazó entendiendo que propiciaría justamente lo contrario: la escritura iría a atrofiar el ejercicio de la memoria al permitirle a ésta apoyarse en un artificio, en un objeto del todo exterior que acabaría por tiranizarla. Nosotros, que contamos con seis milenios de escritura a nuestras espaldas y nos holgamos en sus beneficios, sabemos no obstante que toda transmisión del saber secundum naturam es primordialmente oral. Y también sabemos que los pueblos de tradición oral contaban con una memoria mucho más aguzada y sólida que los pueblos que  conocieron el escritorio, lo que confirma las prevenciones de aquel rey. Y aunque el arte del escritor suponga ciertamente el empleo sin mediaciones de la escritura y sus secretos, la naturalidad de la escritura seguirá siendo una virtud sujeta al modelo de la palabra ágrafa. La lengua presidirá siempre sobre la tinta.

Esta relación del hombre con las cosas es la que ha invertido el ubicuo Smartphone, al paso que ha silenciado estas certezas. Lo real resulta parasitado por lo ficto, como ocurre cabalmente con la economía contemporánea en la que el dinero, a expensas del crédito, se multiplica muy por encima de los bienes representados por él, inflamando esa burbuja financiera de la que sólo se sale a través de una nueva guerra mundial o de la proclamación de falsas pandemias que autoricen medidas capaces de acelerar el tránsito hacia un nuevo estado de cosas. El hombre volátil, en tanto, fija sus vivencias líquidas en fotos que ofrece a un público virtual y tan desustanciado como él. Ya que consta una solidaridad estrecha entre el fetiche cibernético y el paroxismo de la vetusta modernidad. Las “nuevas tecnologías”, trastos antes de nacer, se integran necesariamente a una “nueva normalidad” tan vieja como Babel y la soberbia humana.

1 comentario:

  1. Es interesante el tema del "respaldo" al dinero...ni siquiera el dolar tiene respaldo para lo emitido...la ficción que lo mantiene es la "confianza en la economía norteamericana"...pero ganar la confianza lleva años, perderla, unos instantes, se suele decir por ahí. No existe Banco en el mundo que tenga respaldo por lo que ha prestado, así es, que cualquier evento que produzca una "corrida" sería apocalíptico...hablamos de corte en la cadena de pagos, hambre, desempleo, caos y anarquía....

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