lunes, 28 de febrero de 2022

LA OPINIÓN COINCIDENTE DEL DIRECTOR DEL DIARIO “EL PAÍS”, MARTÍN AGUIRRE

Un gran amigo y lector de esta revista nos avisó que ayer, nada menos que el Director del diario “El País”, Martín Aguirre, publicó en su editorial dominical una columna que, en lo medular, coincide con nuestro análisis del sábado pasado acerca de la guerra entre Rusia y Ucrania (“Ucrania será rusa”). Por lo visto, nos adelantamos a su opinión coincidente, y eso nos complace. Efectivamente, como concluye Aguirre, la verdad es que si algo ha empujado a Putin a lanzarse a esta aventura, es el convencimiento de que la elite occidental, inmersa en sus debates de agenda ‘woke’, es una sociedad débil y decadente”, contrariamente a la suya –agregamos nosotros- que está gobernada con mano de hierro por un hombre fuerte.

Aquí la columna completa de Aguirre:

EL FINAL DE LA INOCENCIA

El abuelo de este autor solía contar una anécdota para justificar el nunca haber terminado la carrera de abogacía. Después de mucho estudiar, había logrado aprobar el examen de Derecho Internacional Público, uno de los “escalones” duros de esa carrera. 

Pero al salir muy contento del edificio de 18 de Julio, se topó con la noticia bomba: Japón acababa de bombardear Pearl Harbor, todo lo que había estudiado parecía no servir para nada, y el mundo era otro.

Más allá de la verosimilitud de la anécdota, hay episodios históricos que marcan un cambio de era. La invasión de Rusia a Ucrania es uno de ellos.

El hecho de que una potencia de segundo nivel y casi decadente como es Rusia hoy, se lance a una guerra total en el corazón de Europa, y pese a las advertencias explícitas de Estados Unidos, marca definitivamente una cosa: el final de la “pax americana”. O sea un período de casi un siglo en que la hegemonía militar de EE.UU. era tan abrumadora, que era inviable pensar en una guerra abierta entre potencias.

Sí, ha habido conflictos aquí y allá, donde las potencias han jugado sus cartas por vía indirecta. Pero que un país como Rusia, con arsenal nuclear, se lance a una aventura como esta, directamente desafiando el poder americano, es algo nuevo y asustador.

Sobre todo, si vemos el rol que está jugado la verdadera potencia desafiante: China. Beijing solo tiene para ganar de todo esto, porque si EE.UU. no hace nada, y Rusia se sale con la suya, su autoridad global quedará minada. Si interviene, se desgastará en un conflicto terrible. Y si Rusia se empantana en una guerra sangrienta, habrá un rival histórico menos con el que lidiar. La rivalidad entre Rusia y China es visceral, algo que Kissinger supo aprovechar muy bien en su momento. Xi Jinping debe estar agotando ahora mismo las reservas de pop en el Zhongnanhai, la Casa Blanca china.

Pero esta invasión rusa, no solo tendrá efectos a nivel de la fría geopolítica. Es probable que el mayor impacto sea cultural.

Desde hace varios años, las nuevas generaciones europeas, y las elites costeras de Estados Unidos, han desarrollado una sensibilidad y forma de ver la vida, cada vez más alejada de la realidad del resto del mundo. Las agendas que discuten, y que en buena manera nos imponen a través de organizaciones internacionales, financiamiento de ONG’s, y el soft power de sus academias, es de un infantilismo buenoide desesperante.

Hay mil ejemplos, pero pocos más dolorosamente actuales que lo que ha sucedido en materia energética. Siguiendo el ritmo de lobbistas como Greta Thumberg, y los cantos sensibleros de generaciones criadas entre algodones, los gobiernos europeos han ido cerrando sus centrales atómicas y a carbón, quedando en los hechos cada vez más dependientes de la importación de energía rusa.

Esto es estúpido, porque en el fondo la energía que usan sigue siendo contaminante, pero viene de otro lado. Pero además, ahora Rusia los amenaza con que ante cualquier problema, les corta el gas y los hace morir de frío.

Este problema incluso va más allá. Embriagados por las promesas de un futuro idílico gracias a la tecnología, confortados por las delicias de un estado de bienestar generoso hasta lo inimaginable, y por unos cambios en la organización familiar donde la autoridad es una mala palabra, las juventudes del mundo desarrollado se manejan con un nivel de ingenuidad alucinante. Cualquiera que haya pasado algo de tiempo en una universidad americana o europea puede dar fe de lo que estamos diciendo. 

Una reconocida (y joven) periodista americana, se mostraba angustiada días atrás porque “si la guerra estalla en tu país, ¿qué hacés con tu mascota?”. “Me rompe el corazón”, decía...

Esto que pasa en Ucrania va a ser una cachetada como para despertar de un sueño pastoril.

Porque una cosa es ver videos de guerra en Irak o Siria, que son culturas y mundos diferentes. Pero otra cosa es tener a los tanques rusos pasando por arriba de autos como el suyo, observar a un diseñador gráfico teniendo que empuñar un fusil de asalto, o ver un café “de autor” similar al que le sirve la medialuna cada mañana, volar por los aires de un misilazo.

Esto también se traduce a los liderazgos. Ver al presidente ucraniano aguantando las bombas, y subiendo videos convocando a su gente a resistir a lo Leandro Gómez, hace que la gente mire a los Boris Johnson, los Macron, los Pedro Sánchez, y se agarre la cabeza. Y eso que el hombre hasta hace unos años era un simple cómico de televisión.

La verdad es que si algo ha empujado a Putin a lanzarse a esta aventura, es el convencimiento de que la elite occidental, inmersa en sus debates de agenda “woke”, es una sociedad débil y decadente, que ya no sabe ni puede defender los fundamentos democráticos y liberales que le han dado sustento. ¿Será que tiene razón?

No hay comentarios.:

Publicar un comentario