domingo, 27 de marzo de 2022

JUICIO SOBRE LA DEMOCRACIA

En virtud de las elecciones que están acaeciendo hoy en el Uruguay (recurso de referéndum contra 135 artículos de la LUC), consideramos de interés republicar esta serie sobre la democracia.

JUICIO SOBRE LA DEMOCRACIA

Por BRUNO ACOSTA

PRIMERA PARTE

“La democracia es un dogma” (Dr. Justino Jiménez de Aréchaga)                

El viernes 9 de noviembre del 2018 fue publicada una encuesta en el diario “El Observador” en la que se denunciaba que sólo el 61% de los orientales apoya la democracia, lo cual representa una caída del 9% respecto del año anterior, y la cifra más baja desde que la encuesta se lleva a cabo (año 1995).

Tomando como un puntapié esta noticia, se estudiará en sucesivas entregas el juicio que, en general, merece la democracia para la Iglesia y para le pensamiento clásico de Occidente–que no es otro que el pensamiento basado en la naturaleza de las cosas; el pensamiento de la filosofía realista y perenne; el pensamiento, en fin, verdadero y agradable al Dios Uno y Trino-

Noción de democracia

Es de rigor, para comenzar, precisar la noción misma de democracia: qué se dirá, a lo largo de este ensayo, cuando se diga democracia.

Se dirá con democracia lo que todos o casi todos entienden en en Occidente por democracia. Los que todos o casi todos quienes contestaron esa encuesta entienden por democracia.

Con democracia se dirá, fundamentalmente, a los efectos de esta exposición, dos cosas:

1) Un régimen de gobierno basado en la soberanía del pueblo, o popular.

2) Un régimen de gobierno basado en el sufragio universal.

Así pues, se pasará a explicar qué juicio merece para la Iglesia y para el pensamiento tradicional de Occidente la democracia entendida bajo estos dos aspectos, como soberanía popular y como sistema de gobierno basado en el sufragio universal.

1) Soberanía popular

En el discurso de la fundación de la Falange Española, pronunciado en el teatro “De la Comedia”, en Madrid, el 29 de octubre de 1933, discurso antológico, brillante, magistral, José Antonio Primo de Rivera enseñaba:

“Cuando en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó ‘El Contrato Social’, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, la Justicia y la Verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la Justicia y la Verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, mudables decisiones de voluntad”.

“Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre los menos en la adivinación de la voluntad soberana-  venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era verdad o no era verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.”

¿Qué quiso decir, con esto, José Antonio? Quiso decir que a través de la voluntad soberana el pueblo, unido, manifiesta su voluntad. Es ésta la llamada soberanía popular o del pueblo. Y que esta soberanía popular no es más que puro voluntarismo. La Verdad, el Bien, la Belleza, dejan de ser categorías permanentes del intelecto, de la razón, y pasan a ser mudables prepotencias de la voluntad, en particular, de la voluntad del pueblo. Un día, entonces, el pueblo puede decidir que Dios existe. Al otro, puede decidir que Dios no existe. Ello de forma legítima e inobjetable. Véase, pues, lo insólito de este planteo, en el cual se sustenta toda la teoría política moderna, desde el liberalismo hasta el marxismo, y que da lugar a los mayores dislates, arbitrariedades e injusticias.

En la encíclica Diuturnum Illud, el papa León XIII dejó en claro cúal es la verdad: el origen de la autoridad y del poder es divino; débese rechazar la absurda y torcida idea de que “toda potestad viene del pueblo”; de que se establece un “pacto social” entre elegidos y electores, porque “ese pacto que predican es claramente un invento y una ficción”; y culmina sosteniendo el Papa que estas doctrinas populistas “como tantos otros acicates estimulan las pasiones populares, que engreídas, se insolentan precipitándose para gran daño del Estado”.[1] El pueblo, pues, azuzado, halagado como un tirano, votará a través de su voluntad erigida como ley rectora del universo leyes hondamente perjudiciales para el Estado, profundamente contrarias a la razón y a la verdad, como lo son, por citar ejemplos cercanos, la ley del asesinato del niño no nacido, la ley de la narcotización poblacional y la ley del amancebamiento homosexual, perfectamente legítimas desde el torcido punto de vista de la soberanía popular.


[1] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente (I)”, Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 59.


SEGUNDA PARTE

“Alfonso Reina salía centellando del salón de la conferencia. Ha acabado la votación, se niega la existencia de Dios por la mayoría de siete votos”.

En la primera entrega de este ensayo se explicó cuál es el juicio de la Iglesia y del pensamiento clásico de Occidente acerca de la democracia bajo su primer aspecto, la soberanía popular. En esta segunda entrega se analizará el juicio acerca de la democracia bajo su segundo aspecto, el sufragio universal, tal como ha sido definida a los efectos de este ensayo.

2) Sufragio universal

“Existe una plaga horrenda que aflige a la sociedad humana y se llama sufragio universal. Es ésta una plaga destructora del orden social y merecería con justo título ser llamada mentira universal”. Sentencia es ésta del Papa Beato Pío IX, extraída de su encíclica Máxima Quidem, de 9 de junio de 1862.[1]

El sufragio universal es, entonces, para el Magisterio de la Iglesia Católica (Iglesia que –aclárese- es Mater et Magistra, es Madre y Maestra) una plaga horrenda destructora del orden social, que debe ser llamada con justo título mentira universal. ¿Por qué tan grave juicio condenatorio?

Como afirma el mismo Papa Beato Pio IX, el sufragio universal es destructor del orden social, porque la representación política que apareja es en sí misma, necesariamente, destructora del orden social. Es ésta la representación en base a los partidos políticos.[2]

Al respecto, escribe el sacerdote argentino, Padre Julio Meinvielle: “nada más deplorable y opuesto al bien común de una Nación que la representación en base al sufragio universal […] Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor […] corruptor porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comité, esto es, oficinas de explotación del voto; donde el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Tan decisiva es la corrupción de la política en base al sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez […].”[3]

La representación en base a partidos políticos conspira, de consuno, contra el interés general. Puesto que está en la esencia de los partidos políticos el interés sectario y divisor: “Una y sola será siempre la Religión que une; múltiples y amenazantes serán los partidos que disocien, fragmenten, atomicen o dividan”, enseña el Dr. Antonio Caponnetto, eminente poeta, historiador y filósofo argentino.

Vale atender, a ese respecto, al testimonio del estadista portugués Antonio de Oliveira Salazar, quien gobernó su país entre 1932 y 1968 bajo una “atmósfera de milagro”, según las palabras del Papa Pío XII:

“Soy profundamente antiparlamentario, porque detesto los discursos hueros, la verborragia, las interpelaciones vistosas y vacías, el halagar las pasiones, no en torno a una gran idea, sino de futilidades, de vanidades, de naderías, desde el punto del interés nacional […] No nos podemos permitir el lujo de dejar reinar de nuevo entre nosotros la división y la discordia, y de consentir a las luchas partidarias […] El espíritu de partido corrompe y envilece el poder, deforma la visión de los problemas, sacrifica el orden natural de las soluciones, se sobrepone al interés nacional, dificulta –cuando no se opone completamente- la utilización de los valores nacionales al servicio del bien común […] [En síntesis] la Nación tiende instintivamente a la unidad; los partidos, a la división.”[4]

Conclusión

Son muchos, pues, los argumentos por los cuales el juicio que ha merecido la democracia para la Iglesia y para el pensamiento tradicional de Occidente es condenatorio. La democracia, primero, se basa en una ficción, cual es la soberanía popular, invento de cuño masónico que data, aproximadamente, de la Revolución Francesa.[5] De ninguna forma la soberanía radica en el pueblo, sino en Dios.

En segundo lugar, la democracia se basa en el sufragio universal, “mentira universal” en palabras del Papa Beato Pío IX, puesto que, necesariamente, a través de la representación partidocrática, es destructor del orden social, sembrador de discordias y de anarquías, una redondeada subversión contra el Orden Político Natural. Su remedio lo constituye la política auténtica, basada en los organismos naturales, orgánicos, intermedios, tal como se vio en nuestra serie “La Política y la Representación”.


[1] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejón, 2014, p. 27.

[2] Véase, al respecto, las cuatro entregas de “La Política y la Representación”. Están disponibles en este blog, divididas o juntas en la sección “Documentos”.

[3] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 33 y 34.

[4] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 143.

[5] El jesuita Francisco Suárez es un antecedente a considerar. “Suarez proclama a manera de conclusión, como un notable axioma de teología, egregium theologiae axioma, que ningún principio político es de institución divina inmediata, sino que todos han sido establecidos por medio de la multitud soberana […] Suárez es uno de los maestros del liberalismo moderno en política y si no es precursor de Rousseau, se lo debe considerar, al menos, el padre auténtico de nuestros sillonistas.” (Victor Bouillon, “La Política de Santo Tomás”, Buenos Aires, Editorial Nuevo Orden, págs. 45 y 54).


1 comentario:

  1. Como dijo el gran poeta guatemalteco AJ de Irisarri: Nace el bochinche de la absurda idea
    de haber dispuesto Dios que la ignorancia
    los negocios del mundo desarregle.
    Enseñóse a los hombres que en cien necios
    debe haber más razón que en un sensato,
    y que habiendo más necios en el mundo
    deben aquestos ser los gobernantes.
    Bastaba ya con esto para vernos
    en perpetuo bochinche. Mas prosigo
    los principios sentando del sistema
    del eterno desorden.
    http://biblioteca.clacso.edu.ar/clacso/se/20190906093448/Poesia_de_la_independencia.pdf

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