DOCUMENTOS

1) The undermining of the catholic church, capítulo Heading towards the war (cuarta edición, 2007). Por Mary Ball MartínezTraducción libre por la revista “Verdad” (revistaverdad.com).

2) La política y la representación, ensayo publicado por la revista "Verdad" (revistaverdad.com) entre finales de junio y principios de julio de 2020. 

3) Juicio sobre la democracia, artículo publicado por la revista "Verdad" (revistaverdad.com) a mitad de agosto de 2020.

4) Entrevista al Padre Julio Meinvielle, publicada originalmente el 19 de enero de 1972 en el semanario "Azul y Blanco" (Montevideo, Uruguay).

5) Subversión en el cine y en las series, publicado originalmente por el semanario "Azul y Blanco" con actualizaciones.

6) En defensa del voto, por Juan Manuel Palacio.

7) Breve reseña biográfica del Generalísimo Francisco Franco, extraída de una crónica de 1973.

8) Asesinato de un niño por el terrorismo frenteamplista, extraído de una crónica de 1973.

9) 27 de junio de 1973, con notas de época del diario "La Mañana" y del semanario "Azul y Blanco".

10) La mentira universal, por Don Félix Sardá y Salvany.

11) El último césar en el recuerdo, por Luis Alfredo Andregnette Capurro. Publicado en "Cabildo", abril -mayo de 2008.

1)
Hacia la guerra

Hacia el año 1930, los cinco líderes trasformadores de la Iglesia Católica habíanse trocado tres, habiendo muerto Giacomo Della Chiesa ocho años atrás y habiéndose retirado Pietro Gasparri tras dieciséis años como Secretario de Estado del Vaticano.

Entrando en escena desde la Nunciatura en Alemania estaba Eugenio Pacelli, 53, y pronto se unió a él Giovanni Battista Montini, 33. Respecto a Ángelo Roncalli, en ese momento 49, sus rutinarios reportes diplomáticos llegaban a Roma desde la Nunciatura en Estambul adonde, se decía, había sido exiliado por el Papa Pio XI por haber insertado en sus enseñanzas de teología en la Universidad de Letrán las teorías del antropólogo Rudolf Steiner.

Habiendo retornado a Roma en enero de 1930 para recibir el solideo de Cardenal y su cargo como Secretario de Estado, Monseñor Pacelli encontró al Vaticano disfrutando de un nuevo estatus. Dentro de los palacios había trabajo, como siempre, pero la tierra sobre la cual los palacios, las iglesias, los jardines y las capillas asentábanse se había convertido en un Estado soberano e independiente.

Cartas que datan de comienzos de la década de 1920 muestran a Charles Maurras urgiendo a Benito Mussolini, como Primer Ministro de Italia, para que “establezca la paz religiosa a través de un gesto histórico”. Maurras se estaba refiriendo al estado de guerra fría existente entre los herederos de la insurrección italiana del pasado siglo y el “prisionero en el Vaticano”, Pío XI. Siguieron unas pocas cautelosas tentativas en ambos lados y luego un evento tuvo lugar, sin precedentes desde que las tropas de Cardona penetraron por la Porta Pía en una Roma absorbida por el Concilio Vaticano Primero: el Cardenal Merry de Val, aún en sus tempranos sesentas pero por mucho tiempo alejado de la corriente dominante del Vaticano, fue invitado a participar en las ceremonias oficiales del Gobierno Fascista en conmemoración del seiscientos aniversario del fallecimiento de San Francisco de Asís, santo patrono de Italia. Debe haber sido el entusiasmo del Cardenal en pos de la reconciliación lo que finalmente movió a Pío XI a comenzar las negociaciones. En cualquier caso, en febrero 11, 1929, el Cardenal Gasparri y Benito Mussolini firmaron el Tratado de Letrán, y un Concordato entre la nueva Ciudad- Estado del Vaticano y el Reino de Italia. El acuerdo, además de crear la Ciudad- Estado, concedió a la Iglesia más de 108 acres en el corazón de Roma. El Catolicismo se convirtió en la religión del Estado de Italia. Los crucifijos volvieron a las paredes de los edificios públicos de todo el país, desde escuelas a estaciones de policía; y la educación religiosa se volvió obligatoria en las escuelas de la nación.

Tanto los clerecía como la jerarquía recibieron privilegios en materia legal. En Roma los arrabales fueron despejados para ampliar la Basílica de San Pedro al tiempo que una generosa financiación fue acordada para la Santa Seda por parte del Estado Italiano como reparación por las pérdidas materiales sufridas en 1870.

El histórico gesto de paz de Mussolini, aunque, en general, apreciado en su momento, le reputó poca gratitud perdurable. “¡Pensar lo que mi marido hizo por la Iglesia!”, dijo a un periodista francés muchos años después su viuda, Rachele Mussolini. Y el Cardenal Krol de Filadelfia, llamado a Roma en 1981 para que ayudara a sortear los alarmantes problemas financieros de la Santa Sede, declaró: “Lo único que mantiene (las finanzas del Vaticano) a flote es el patrimonio de la Santa Sede, por el reembolso hecho por Italia cuando la firma de los Tratados de Letrán. Pero no es un recurso inagotable.”

Apenas se había firmado el Concordato cuando el joven Padre Gianbattista Montini, capellán del sector de Roma de la Federación de Estudiantes Universitarios Católicos, la FUCI, conspiró para desestabilizarlo. Desde la primera infancia había experimentado la excitación de la política, habiendo sido su madre tan activista como su padre. Observando que el Partido Popular (luego renombrado Democracia Cristiana) tomaba forma, virtualmente, hasta en el vestíbulo familiar, había seguido cada sucesiva elección de su padre como diputado por Brescia para el Parlamento Nacional hasta 1924, cuando Italia se convirtió en una Estado de partido único. Después de ese año -como los ancestros de Eugenio Pacelli- los Montini se introdujeron en la banca. En un momento en el que muy pocos italianos eran opositores al fascismo, los Montini eran notables excepciones, y al tiempo de la firma del Concordato habían experimentado cinco años de frustración política. No sorprendentemente, el Padre Montini vio su cargo en la FUCI como una oportunidad para hacer una prueba: se decidió a rehusar obedecer una orden del gobierno para que permitiera que sus estudiantes se incorporaran a la organización nacional de la juventud. Por cuanto las autoridades, en estricta conformidad con las previsiones del Concordato, estaban proveyendo de capellanes católicos a todas las secciones de la formación Balilla, vieron el rechazo del grupo romano de Montini no sólo como innecesario sino como divisorio. Al ser conminado entre obedecer o disolverse, Montini denunció persecución y la prensa foránea, como de costumbre, recogió el lloriqueo. En la cumbre del revuelo, el Vaticano lanzó una fiera encíclica anti-gubernamental que, para estar rápidamente disponible para la prensa, fue redactada, no en el usual latín, sino en italiano. Non Abbiamo Bisogno, de acuerdo a un miembro fundador de la FUCI, el viejo estadista Giulio Andreotti, fue escrita, no por el Papa Pio XI, mas por su nuevo Secretario de Estado, Eugenio Pacelli. La ansiada paz religiosa fue destrozada. Para salvar lo que se podía de las esperanzas de 1929, y soportando la recriminación mundial, el gobierno de Mussolni permitió la supervivencia de la FUCI, previendo se limitara a actividades religiosas.

Solamente seis semanas antes de la aparición de Non Abbiamo Bisogno, el Papa mismo había publicado lo que se consideró una encíclica pro- fascista, Quadragesimo Anno. Escrita como tributo al Papa León XIII en el cuadragésimo aniversario de su sobresaliente encíclica acerca de las relaciones laborales, Rerum Novarum, la nueva declaración demostraba que la Doctrina Social de la Iglesia se hallaba más en armonía con el sistema corporativo industrial que se desarrollaba en ese momento en Italia que con la clasista estructura del capitalismo.

A los ojos del Secretario Pacelli, el triunfo del Padre Montini contra el gobierno italiano fue cautivante. Muy pronto, tras el furor mediático mundial, Pacelli llevó a Montini a su oficina para comenzar una relación laboral íntima que duraría veintitrés años. De los cinco italianos que dirigieron el cambio de la Iglesia Católica, los dos que probarían ser los más efectivos habíanse convertido en equipo. Separados por una generación, tenían todo en común. Los dos habían nacido en familias vaticano-ambiciosas. Los dos habían pasado su infancia en forzado aislamiento, privados de una normal asociación con sus pares y de instrucción en clase. Sus carreras habían sido notablemente estimuladas por el Vaticano. El Papa León XIII mismo puso al joven Pacelli en manos del Cardenal Rampolla y otro Papa, Benedito XV, lo consagró con el episcopado en una ceremonia privada en la Capilla Sixtina. En cuanto a Giovanni Montini, había sido ordenado inmediatamente por Pío XI quien lo designó a la Nunciatura de Varsovia con estas palabras: “Tú eres el joven sacerdote más prometedor de Roma”, y ello a pesar de que ocurrió diecisiete años antes que Montini obtuviera un diploma en Derecho Canónico. Sin perjuicio de no haber recibido aún el título o la consagración al episcopado, Pió XII lo hizo Pro- Secretario de Estado en 1954.

Al tiempo que la tensión política internacional aumentó durante los años 30’, el Secretario Pacelli y el Padre Montini se encontraron crecientemente comprometidos con un bando. Según Andreotti, no solamente fue Non Abbisimo Bisogno creación de Pacelli sino también la vehemente Mit Brennender Sorge, la otra encíclica en lengua vernácula, en este caso animada contra el gobierno de Alemania. El Cardenal Siri, de Génova, notó que el borrador original del documento evidenciaba numerosas correcciones por parte de Pacelli. El hecho de que la anti- marxista encíclica de Pio XI, Divini Redemptoris, apareciera apenas cinco días luego de la anti- germánica Mit Brennender Sorge de Pacelli, da la impresión de que, una vez más, el Papa y su Secretaría estaban llevando adelante dos batallas opuestas entre ellos. Divini Redemptoris con su sentencia más mentada, “el comunismo es intrínsecamente perverso”, le presentaría serios problemas al Papa Pacelli en sus relaciones con los católicos norteamericanos cuando Rusia entrara en la Segunda Guerra Mundial.

Frisando Achille Ratti [Pío XI] los ochenta años, el Cardenal Pacelli tomó virtualmente las riendas del Vaticano.  Enterado de que Pío XI quería recibir a Adolf Hitler en audiencia durante una visita oficial a Italia, llevó al veterano Papa al Castillo Gandolfo. Luego, enterado de que el Canciller Alemán deseaba contemplar los mejores frescos de Miguel Ángel, clausuró la Capilla Sixtina. Las autoridades italianas se avergonzaron gravemente cuando, sin previo aviso, se hallaron con el cartel: “clausurado por reparaciones”.

En marzo de 1938, cuando las tropas alemanas entraron en Austria, el Cardenal Innitzer de Viena participó de la celebración que duró toda la noche a lo largo de la avenida Ringstrasse, dando su bendición a las eufóricas multitudes. Tan pronto en el Vaticano se enteraron del hecho, se comenta que el Cardenal Pacelli expresó “auténtica amargura”. Pronto llamó a Innitzer a Roma y le ordenó realizar una pública rectificación; y, aunque la orden llegó, no del Papa sino del Secretario de Estado, el austríaco cumplió. En ese mismo año, 1938, de forma inadvertida para todos salvo para una élite intelectual, Civiltá Cattólica, la revista jesuita considerada la voz semi-oficial del Vaticano, intempestivamente dejó de advertir sobre los riesgos de la Masonería para la Iglesia, particularmente en relación a su declarado programa de creación de lo que se dio en llamar un “nuevo orden mundial”.

Según Giulio Andreotti, los dos largos viajes internacionales del Cardenal Pacelli fueron realizados enteramente por su sola iniciativa, y no por órdenes del Papa. Como Secretario de Estado asistió al Congreso Eucarístico Internacional de 1936 en Buenos Aires y en el mismo año se lo encontró en los Estados Unidos, donde visitó doce provincias eclesiásticas, tuvo entrevistas con setenta y nueve obispos, y fue invitado innúmeras veces a instituciones religiosas, seminarios y hospitales, culminando su viaje como un invitado del Presidente Roosevelt en el Hyde Park. Al respecto, se reportó que los dos “se llevaron espléndidamente”; y, en sucesivos intercambios epistolares, Roosevelt llamaría al Papa Pacelli “su viejo y buen amigo”. En Nueva York, el futuro Pío XII fue huésped de Myron C. Taylor quien, no obstante el hecho conocidísimo de que llegó al Grado Treinta y Tres de la Masonería, sería bienvenido como Enviado Especial de Washington en el Vaticano durante los años de la guerra. El espectacular tour americano de Pacelli en 1936 fue dirigido por el Arzobispo Spellman, de Boston, y convirtió al Secretario de Estado en una figura por lejos más importante para la opinión pública que el estudioso y flemático Papa reinante.

En el frente religioso, llegada la mitad de la década del 30’, la alianza Pacelli- Montini podía evaluar sus dos mejores golpes de la década, y las anteriores condenas en Francia y en México, con ciertos sinsabores. Si la valiente nueva Iglesia solamente estaba capacitada para la negación, habría de aparecer tan rígida e intolerante como la vieja. Junto con la destrucción, debía aparecer la construcción. Era necesaria ahora una nueva motivación espiritual.

En ese momento, causando el mayor entusiasmo en círculos escolares estaba un ensayo impreso privadamente, titulado Le Sens Humain, por el paleontólogo jesuita francés, Pierre Teilhard de Chardin. Prefigurando su Phenomenon of Man, el escrito era un salvaje salto a una esjatología basada en la evolución, que los creadores de un nuevo tipo de cristianismo viéronse tentados de adoptar y adaptar. De muchas maneras, el ensayo replicaba las más coloridas desviaciones del modernismo anterior a San Pío X. Confesamente de acuerdo ellos mismos con los escritos de Teilhard, los reformadores fueron contrarios a compartir con las masas católicas las fantasías del jesuita francés. La experiencia les demostró que el creyente promedio espera una cuota de realismo junto con la piedad.

Por más que las especulaciones de Teilhard fueron desacreditadas, no recibieron la condenación formal del Vaticano. Luego, se supuso que ciertos pasajes de la encíclica de Pacelli, Humani Generis, implicaban una condenación del evolucionismo del jesuita, a pesar de que el escrito papal no mencionaba ningún nombre y que, hablando en 1970 –en el centenario del nacimiento de Teilhard- el Cardenal Casaroli alababa “el inmenso impacto de su investigación, la brillantez de su personalidad, la riqueza de su pensamiento, su poderoso instinto poético, su precisa percepción del drama de la creación, su vasta visión de la evolución del mundo”.

En los años 30’ no fue el Vaticano sino su orden, la Compañía de Jesús, la que prohibió a Teilhard de Chardin publicar trabajos religiosos de por vida, y por muchos años prohibió su lectura. Sin embargo, muy pronto tras convertirse Papa, Eugenio Pacelli persuadió a los jesuitas para que levantaran la prohibición, de manera que una serie de lecturas sobre Teilhard pudieran realizarse en el París ocupado por los Alemanes durante los últimos años de la guerra.

Mientras que las teorías de Teilhard de Chardin se dirigían a un público limitado en el mundo de la academia, sería el pensamiento de otro francés, un seglar, el cual, una vez abrazado por el Vaticano, iría a convertirse en el alimento espiritual que los transformadores habían estado buscando.

Jacques Maritain, un profesor de filosofía en el Instituto Católico de París, había nacido en una familia de protestantes. Durante sus años de estudiante en la Sorbona se convirtió al catolicismo y se hizo miembro de la Acción Francesa. En 1926, asombrado por la intempestiva condenación del Vaticano a esa organización, fue a Roma adonde, gracias a su prestigio como estudioso tomista, se le permitió hablar privadamente tanto con el Papa como con el Secretario de Estado. Habiendo sido el propósito de su viaje preguntar cómo la condenación a Maurras había sido posible, posiblemente vióse tentado de exponer una serie de ideas teológicas que habrían estado rondado en su cabeza desde hace un tiempo. Dejó Roma con un mandato, ora de Pío XI o, lo que es más probable, ora del Secretario Gasparri: estampar las teorías de lo que él llamaba su “humanismo integral” en un libro. Diez años después, la Iglesia sería sacudida por Maritain. Casi simultáneamente con la aparición de la primera edición francesa, una versión italiana veía la luz, con una brillante introducción de su traductor, Giovanni Battista Montini.

La tesis de Maritain propiciaba un cambio de base en la eclesiología, esto es, en la manera en que la Iglesia se mira a sí misma, su función y su identidad. Su libro preparó el camino para el gran cambio de paradigma que habría de ser fundado por la encíclica Mystici Corporis, de Pío XII. No obstante, como es el Papa- y no los teólogos- quien origina la aceptación de nuevas creencias, el mensaje de Maritain, que ya circulaba libremente en los círculos académicos, debía esperar una encíclica papal antes de que pudiera convertirse en parte de la vida de la grey: en 1936, Achille Ratti aún era Papa.

El humanismo integral, no distintamente de las teorías de Teilhard de Chardin, veía a todas las religiones convergiendo en un singular ideal humano, en el marco de una civilización humana en la cual todos los hombres serían reconciliados en justicia, amor y paz. La fraternidad entre los hombres habría de guiar sus vidas hacia una misteriosa realización del Evangelio. Como explica el teólogo francés Henri Le Caron, “el humanismo integral es una universal fraternidad entre los hombres de bien aunque pertenezcan a diferentes religiones, o a ninguna, y aún aquellos que rechacen la idea de un creador. Es bajo esa inspiración que la Iglesia debe ejercitar su influencia, sin imponerse y sin demandar su reconocimiento como la única, verdadera Iglesia. La base de esta fraternidad es doble, la virtud de hacer el bien y la comprensión anclada en el respeto por la dignidad humana”.

“Esta idea de la dignidad humana”, continúa Le Caron, “no es nueva ni original. Había sido expuesta por los filósofos del siglo dieciocho y por los revolucionarios franceses de 1789. Es también la fraternidad adorada por los masones y por los marxistas. Lo que distingue al humanismo de Maritain es el rol que le asigna a la Iglesia. En el marco de la fraternidad universal, la Iglesia está llamada a ser inspiración y la Hermana Mayor, sin afirmar que para simpatizar con sus hermanos menores, debe ser intransigente o autoritaria. Ella debe aprender cómo hacer la religión aceptable. Debe ser práctica, no dogmática”.

Que el temprano entusiasmo del Padre Montini por Maritain lo acompañó a lo largo de toda su vida lo describe el novelista, ex jesuita, Malachi Martin: “El humanismo integral de Paulo VI inspiró la entera política de su pontificado. Esa filosofía afirma que todo hombre es naturalmente bueno, que hará el bien y rechazará el mal si se le muestra la diferencia. La función de la Iglesia es dar testimonio de servicio por el hombre en el mundo de hoy, en el cual una nueva sociedad está naciendo”.

La implementación de la doctrina de Maritain puede ser reconocida documento tras documento emergente del Concilio Vaticano Segundo, y en la mayoría de las exhortaciones oficiales y de las encíclicas que le siguieron, a pesar de que, al tiempo de la primera aparición del libro de Maritain, faltaba para el Concilio un cuarto de siglo. La tesis fue un eco que atravesó nuestro tiempo. Estuvo implícita en la cálida bienvenida que Pio XII le hizo a Maritain cuando llegó a Roma como el primer Embajador francés ante la Santa Sede de la posguerra, en los muy frecuentes homenajes públicos dispensados por Paolo VI, en las constantes reuniones de estudio y simposios dedicados a su trabajo que proliferaron en la academia católica alrededor del mundo y en el encendido tributo rendido a Maritain por Juan Pablo II en el centenario del nacimiento del filósofo. Para el final de los turbulentos años treinta, la aceptación del Humanismo Integral por parte del Vaticano lo hacía sólo una cuestión de cómo arraigarlo en la feligresía una vez que el viejo Papa muriera.

En el tercer mes del último año de la década, Eugenio Pacelli fue elegido papa, y en el noveno la Segunda Guerra Mundial comenzó.


2)
LA POLÍTICA Y LA REPRESENTACIÓN

Con motivo de la silenciada pretensión de Miguel Sanguinetti Gallinal, Presidente de la Federación Rural, en junio de 2018, de impulsar la creación del Consejo de Economía Nacional. Pretensión que saludamos.

La regeneración religiosa, cultural y moral de nuestra Patria requiere, entre otras cosas, la formación de una élite de hombres formados ortodoxamente en la Política. Esto es, en el arte del gobierno de la Polis, de la comunidad.

La anarquía que la Patria padece, por ser tal, revela de consuno el desgobierno al que nuestros gobernantes irremediablemente nos dirigen. Es ostensible, pues, su mala formación en la Política, teórica y prácticamente.

Si la Política es el arte de gobernar una comunidad, debe valerse de los medios adecuados para hacerlo. Entre tantas otras lastimosas equivocaciones, nuestros gobernantes yerran en los medios elegidos para propender al buen gobierno de la Polis.

Uno de esos medios, y he aquí el objeto central de este ensayo, es la representación. Esto es, quiénes serán los individuos encargados de hacer valer directamente la voluntad de la comunidad. La humana “manija” de la Política.
Es evidente que si quienes son elegidos para gobernar la comunidad no la representan verdaderamente,  nunca esa comunidad podrá gozar de una Política sana, de un arte de gobierno bueno y eficaz.  A lo sumo, esos sujetos solamente procurarán satisfacer sus intereses particulares, muchas veces inconfesables.

Es esencial, pues, para la Política, que la comunidad esté debidamente representada.

Nunca se insistirá lo suficiente en esta importantísima premisa. La teoría política moderna ha procurado borrarla implacablemente o, peor aún, ha adulterado el concepto de representación. Puesto que, para la teoría política moderna, la única representación válida es la representación basada en los partidos políticos. Mas los hechos y la doctrina prueban que ello es falso.

La comunidad, al contrario, se ve representada mucho más natural y eficientemente a través de otros cuerpos políticos. Uno de las cuales es el propuesto, al menos a medias, por el artículo 206 de la Constitución Nacional:

Artículo 206°. La ley podrá crear un Consejo de Economía Nacional, con carácter consultivo y honorario, compuesto de representantes de los intereses económicos y profesionales del país. La ley indicará la forma de constitución y funciones del mismo.

Una buena representación es la compuesta, verbigracia, por los representantes de los intereses económicos y profesionales del país, como propone el artículo 206 de la Constitución, a través del Consejo de Economía Nacional.

El artículo 206 satisface a medias, como se dijo, dado que asigna al Consejo un carácter meramente consultivo, y no decisorio como debería tener. Tal tibieza ha sido padecida por los orientales, ya que, desde su inclusión en la Constitución de 1934, el artículo 206 nunca fue invocado, y el Consejo nunca fue constituido. Los orientales hemos tenido que padecer, pues, inexorablemente, el desgobierno de los “representantes del pueblo”,  los politiqueros partidistas: pueblo del que sólo se acuerdan en vísperas de las elecciones.

La integración, por ejemplo, de la Cámara de Representantes por individuos portavoces de los intereses económicos y profesionales del país aseguraría a esos sectores la directa satisfacción de sus intereses: tendrían potestad para legislar y reglamentar. ¡Cuántas de sus legítimas pretensiones podrían asegurarse con eficacia, sin diluirse en la almibarada logomaquia parlamentaria! Por poco que se piense, se concluye que los partidos políticos, a fuer de representar todos los intereses del país, terminan por representar ninguno. Y que no hay medio mejor para satisfacer legítimos requerimientos que a través de un cuerpo político que directamente los represente.


Se dijo en la primera entrega de este ensayo que uno de los grandes errores de la teoría política moderna radica en afirmar, cual un dogma, que la única representación política posible es la representación en base a los partidos políticos. Este error lo profesan, no casualmente, tanto los marxistas más radicales como los liberales de la misma condición. Se procurará en este apartado, sucintamente, historiar el origen de este error.

Podría decirse, aproximadamente, que la torcida pretensión de que la única representación política válida es la que se basa en los partidos políticos nace por el año 1789, cuando la Revolución francesa. Revolución burguesa y mesiánica, desplazó de un férreo golpe auténticas y eficientes formas de representación, como las corporaciones de origen medieval: corporaciones de oficios, de profesionales, de estudiantes. Reemplazó estas agrupaciones verdaderamente representativas por los parlamentarios partidistas, ungidos por la mitad más uno a través del voto individual y abstracto; primero censitario, luego universal.

Triunfante la Revolución francesa y con ella sus deformantes prejuicios –valga el pleonasmo-, el resto de las naciones comenzaron a imitar sus modos y sus métodos. Los revolucionarios hispanoamericanos, verbigracia, una vez desplazado el gobierno español, promulgaron Constituciones al mejor estilo francés, carentes, entre otras cosas, de un sano y realista sentido de la representación política. Escribe, en ese sentido, el historiador oriental Alberto Zum Felde:

“Los constituyentes hacen tabla rasa de toda realidad. He aquí un ejemplo: el país tiene una institución propia, tradicional, con arraigo en las costumbres, vinculada a toda su historia, de origen en la formación misma del país: el CABILDO. ‘Eran los Cabildos –escribe Francisco Bauzá- a todo rigor, la municipalidad, tal como la concebimos en nuestras más adelantadas aspiraciones: administrando justicia en las ciudades y en los campos, aprestando las milicias del país en caso de guerra, vigilando la venta de artículos de primera necesidad para el pueblo, fijando la tasa de los impuestos extraordinarios o negándose a concederlos’.  El Cabildo es ya, en principio, el Municipio, y la mejor escuela de gobierno propio. En vez de ello, los Constituyentes lo suprimen, imponiendo instituciones extrañas, convencionales y teóricas […]”.

Las fuerzas vivas de las patrias –que integraban las corporaciones-  y los verdaderos prohombres de aquéllas –que integraban, en España y sus Reynos, los Cabildos- fueron, de esa manera, desterrados: los substituyó el radical artificio y la venal mediocridad de los parlamentarios partidistas.

Al punto que, respecto del Uruguay, concluye rotundamente Zum Felde:
La Constitución de 1830 es, en resumen, uno de los mayores errores que se hayan cometido en nuestro país. Ella será el impedimento más fuerte y constante para que el país pueda constituirse, matará los gérmenes de la libertad política e impedirá la formación de hábitos de gobierno propio, entregará la vida de la campaña al ajeno árbitro administrativo de la capital, erigirá un Poder Ejecutivo absoluto, incitará la violencia y la coacción electorales […]”.

Y todo por seguir, los constituyentes orientales, los mesiánicos dictámenes de quienes, bajo el lema de Libertad, Igualdad y Fraternidad, prepararon el camino para el esclavismo…

La regeneración religiosa, cultural y moral de la Patria –se dijo en el apartado primero de este ensayo- necesariamente deberá contar con un sistema que asegure una auténtica representación política, bajo la cual sus fuerzas vivas y sus prohombres puedan manifestarse eficientemente. Tal es lo que propone, al menos a medias –se dijo también- el artículo 206 de la Constitución Nacional, que llama a integrar en un Consejo de Economía Nacional a los portavoces de los intereses económicos y profesionales del país. En ese sentido, un justo gobierno deberá motivar este tipo de órganos y de iniciativas y deberá desterrar, en grado amplio, la política parasitaria, no funcional, de la democracia parlamentaria, heredada de la sangrienta Revolución francesa.


En la segunda entrega de este ensayo se historió brevemente el origen de la torcida pretensión de que la única representación política posible es la basada en los partidos políticos. Se sostuvo, a grandes rasgos, que el origen está en la Revolución francesa, y se indicó las lamentables consecuencias que ese ejemplo tuvo para la representación política en las naciones.

Tan grande desacierto en cuanto a la representación política en particular y a la política en general –el arte de gobierno de la comunidad- no pudo quedar impune. En esta tercera entrega se recogerá el testimonio angustioso del desgobierno que en los años sucesivos las patrias padecieron: en particular, en la pasada centuria, en el período de entreguerras.

En un revelador estudio, hoy un incunable, ‘’La Inquietud de Esta Hora’’ (1934), el fino intelectual argentino, Dr. Carlos Ibarguren, ponía en evidencia la crisis del sistema demoliberal acaecida, ante todo, por la malsana representación política en base a los partidos. Considere el lector, atentamente, los testimonios vertidos:

‘’En los primeros meses del año pasado, la crisis de la democracia individualista y del parlamento se agravó considerablemente en Francia. ‘¡Desorden!, ¡Desorden! –escribía Latzarus, en la ‘Revue Hebdomadaire’, del 18 de febrero de 1933- una Cámara renovada será tan impotente como la que vemos ahora, a menos de cambiar de métodos, lo que equivale a cambiar de régimen. El elector protesta, no tiene razón porque tiene con justicia los diputados que ha deseado. El interés general no es su ocupación, ellos han ido a la Cámara a satisfacer sus intereses particulares. Toda la política reposa en el cálculo del número. ¿Dónde está el gobierno que nos librará de la tiranía electoral?’. René Pinon, en la ‘Revue des Deux Mondes´, del 1 de febrero de 1933, expresa que ‘se aproxima la hora en que será necesario elegir entre una reforma profunda del régimen político o la ruina de todo lo que Francia representa en el mundo como potencia material, grandeza moral e idealismo activos’ ‘’.

‘’El estado político de la Gran Bretaña sufre el mismo mal que hoy destruye a la democracia en el mundo. El ilustre estadista británico, ex primer ministro del Imperio, Stanley Baldwin, escribió en abril de 1933 en la ´Revue Mondiale´ un artítulo titulado ´El porvenir de la democracia´ y dice: ´Hoy los amigos y los enemigos del gobierno popular (se refiere al basado en el régimen demoliberal del sufragio universal) dudan igualmente de su porvenir. Ha perdido terreno en tantos países que el repudio del actual estado de cosas es general; pero solamente en los países democráticos la crítica se hace oír fuertemente´. Bladwin, ante la terrible crisis política, se inclina por una nueva forma de democracia que repose en las agrupaciones, en las corporaciones.”

“Bernard Shaw en artículos recientes muy comentados fulmina a la democracia del sufragio universal, al electoralismo, a la demagogia que ella engendra. ´Es sin el Parlamento –dice- donde tendremos que encontrar a nuestros futuros gobiernos´, y aboga por una nueva organización política, bajo un poder fuerte en un Estado corporativo, en el que impere el ´voto por ocupaciones´, o sea, el de cada corporación.”

“Sería interminable – culmina el Dr. Ibarguren-  la compilación de los hechos, de los juicios y de los estudios que comprueban la bancarrota de la democracia liberal, emitidos por pensadores, profesores, estadistas y políticos de todos los países del mundo y de las más diversas tendencias. Cuando un fenómeno es sentido y reconocido con tal unanimidad está fuera de toda discusión. Es la evidencia misma.”

No es sorprendente, así, que ante semejante estado de cosas,  el 6 de febrero de 1933, se produjera en Francia una enorme y violenta protesta que tomó por asalto la institución paradigmática del régimen: el Parlamento. Siguiendo esta línea, menos sorprendente resulta verificar que, largo tiempo después, el 1 de diciembre de 2018, los “chalecos amarillos”, en Francia, realizaran similar manifestación…

Tanto los planteos doctrinales como las espontáneas protestas han sido desoídas: ha primado el sectario dogma del parlamentarismo.  Los pueblos no descasarán hasta deshacerse de él y obtener, por fin, una política sana, al amparo de un régimen que asegure su representación real y eficiente.


Se ha sostenido a lo largo de este ensayo que la representación política en base a los partidos es esencialmente mala, habiendo otras posibilidades de representación más naturales, justas y eficientes. Se ha historiado el origen de esa torcida idea y se expuesto, en la tercera y última entrega, un ejemplo del desgobierno que las patrias padecieron con motivo de esa malsana forma de representación política.

Detectado el error, investigado su origen y demostrado sus nefandas consecuencias, es hora de presentar, en esta parte final, una forma más acertada de encarar el tema. Sin perjuicio de volver a insistir en que en nuestro ordenamiento jurídico ya se encuentra previsto un mecanismo mejor, el artículo 206 de la Constitución, que llama a integrar en un Consejo de Economía Nacional a los representantes de los intereses económicos y sociales del país, siendo perentoria en este momento su ejecución, se presentará en esta ocasión el testimonio magistral del agustísimo José Antonio Primo de Rivera.

En su memorable discurso de la fundación de la Falange, pronunciado en el “Teatro de la Comedia”, en Madrid, el 29 de octubre de 1933, José Antonio sentenciaba:

“Que desaparezcan los partidos políticos. Nadie ha nacido nunca miembro de un partido político; en cambio, nacemos todos miembros de una familia; somos todos vecinos de un municipio; nos afanamos todos en el ejercicio de un trabajo. Pues si ésas son nuestras unidades naturales, si la familia y el municipio y la corporación es en lo que de veras vivimos, ¿para qué necesitamos el instrumento intermediario y pernicioso de los partidos políticos que para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas?”

“Queremos menos palabrería liberal y más respeto a la libertad profunda del hombre. Porque sólo se respeta la libertad del hombre cuando se le estima, como nosotros le estimamos, portador de valores eternos; cuando se le estima envoltura corporal de un alma que es capaz de condenarse y de salvarse […], y, más todavía, si esa libertad se conjuga, como nosotros pretendemos, en un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden.”

He aquí, en dos preciosos trazos, la Política en su verdadera faz, es su más acabada expresión y definición. La Política, “que no quiere decir otra cosa que la colaboración al bien de la ciudad”, en palabras del Papa Pío XII, que se extraen de la obra “La Democracia: Un Debate Pendiente (I)”, del maestro argentino, el Dr. Antonio Caponnetto, se realiza verdaderamente, no a través de los partidos políticos, elementos que “para unirnos en grupos artificiales, empiezan por desunirnos en nuestras realidades auténticas”, sino por intermedio de los cuerpos intermedios, naturales, auténticos: la Familia, el Municipio, la Corporación.

Será al robustecer estos elementos que las patrias y los pueblos podrán salir del desgobierno que hoy padecen, tras décadas de partidocracia y de parlamentarismo hueco, artificial y venal. Contra ese vacío, contra ese artificio, contra esa radical venalidad, enfrentar la realidad vívida y auténtica de los cuerpos intermedios, de la Familia, del Municipio, de la Corporación. Y ello enmarcado, a la vez, en “un sistema de autoridad, de jerarquía y de orden”, como planteó José Antonio, totalmente opuesto al igualitarismo ácrata y anárquico que por antonomasia caracteriza al parlamentarismo partidocrático.

La aplicación del artículo 206 de la Constitución, heredero de la mejor tradición corporativa del siglo pasado, a esta altura de la crisis nacional se impone. Pero a la vez, es necesario que un estadista tenga la fortaleza y la prudencia políticas suficientes para realizar cambios estructurales, de fondo, que permitan, de hecho y de derecho, reconstruir, poco a poco, los cimentos de esta patria en ruinas, espiritual, cultural, social y económicamente, tras años de desgobierno partidocrático. Cambios estructurales que reconozcan y defiendan la representación política de las Familias, de los Municipios, de las Corporaciones: de los cuerpos intermedios.

3)                            

                    JUICIO SOBRE LA DEMOCRACIA 

“La democracia es un dogma” (Dr. Justino Jiménez de Aréchaga)                

El viernes 9 de noviembre del 2018 fue publicada una encuesta en el diario “El Observador” en la que se denunciaba que sólo el 61% de los orientales apoya la democracia, lo cual representa una caída del 9% respecto del año anterior, y la cifra más baja desde que la encuesta se lleva a cabo (año 1995).

Tomando como un puntapié esta noticia, se estudiará en sucesivas entregas el juicio que, en general, merece la democracia para la Iglesia y para le pensamiento clásico de Occidente–que no es otro que el pensamiento basado en la naturaleza de las cosas; el pensamiento de la filosofía realista y perenne; el pensamiento, en fin, verdadero y agradable al Dios Uno y Trino-

Noción de democracia

Es de rigor, para comenzar, precisar la noción misma de democracia: qué se dirá, a lo largo de este ensayo, cuando se diga democracia.

Se dirá con democracia lo que todos o casi todos entienden en en Occidente por democracia. Los que todos o casi todos quienes contestaron esa encuesta entienden por democracia.

Con democracia se dirá, fundamentalmente, a los efectos de esta exposición, dos cosas:

1) Un régimen de gobierno basado en la soberanía del pueblo, o popular.

2) Un régimen de gobierno basado en el sufragio universal.

Así pues, se pasará a explicar qué juicio merece para la Iglesia y para el pensamiento tradicional de Occidente la democracia entendida bajo estos dos aspectos, como soberanía popular y como sistema de gobierno basado en el sufragio universal.

1) Soberanía popular

En el discurso de la fundación de la Falange Española, pronunciado en el teatro “De la Comedia”, en Madrid, el 29 de octubre de 1933, discurso antológico, brillante, magistral, José Antonio Primo de Rivera enseñaba:

“Cuando en marzo de 1762, un hombre nefasto, que se llamaba Juan Jacobo Rousseau, publicó ‘El Contrato Social’, dejó de ser la verdad política una entidad permanente. Antes, en otras épocas más profundas, los Estados, que eran ejecutores de misiones históricas, tenían inscritas sobre sus frentes, la Justicia y la Verdad. Juan Jacobo Rousseau vino a decirnos que la Justicia y la Verdad no eran categorías permanentes de razón, sino que eran, en cada instante, mudables decisiones de voluntad”.

“Juan Jacobo Rousseau suponía que el conjunto de los que vivimos en un pueblo tiene un alma superior, de jerarquía diferente a cada una de nuestras almas, y que ese yo superior está dotado de una voluntad infalible, capaz de definir en cada instante lo justo y lo injusto, el bien y el mal. Y como esa voluntad colectiva, esa voluntad soberana, sólo se expresa por medio del sufragio –conjetura de los más que triunfa sobre los menos en la adivinación de la voluntad soberana-  venía a resultar que el sufragio, esa farsa de las papeletas entradas en una urna de cristal, tenía la virtud de decirnos en cada instante si Dios existía o no existía, si la verdad era verdad o no era verdad, si la Patria debía permanecer o si era mejor que, en un momento, se suicidase.”

¿Qué quiso decir, con esto, José Antonio? Quiso decir que a través de la voluntad soberana el pueblo, unido, manifiesta su voluntad. Es ésta la llamada soberanía popular o del pueblo. Y que esta soberanía popular no es más que puro voluntarismo. La Verdad, el Bien, la Belleza, dejan de ser categorías permanentes del intelecto, de la razón, y pasan a ser mudables prepotencias de la voluntad, en particular, de la voluntad del pueblo. Un día, entonces, el pueblo puede decidir que Dios existe. Al otro, puede decidir que Dios no existe. Ello de forma legítima e inobjetable. Véase, pues, lo insólito de este planteo, en el cual se sustenta toda la teoría política moderna, desde el liberalismo hasta el marxismo, y que da lugar a los mayores dislates, arbitrariedades e injusticias.

En la encíclica Diuturnum Illud, el papa León XIII dejó en claro cúal es la verdad: el origen de la autoridad y del poder es divino; débese rechazar la absurda y torcida idea de que “toda potestad viene del pueblo”; de que se establece un “pacto social” entre elegidos y electores, porque “ese pacto que predican es claramente un invento y una ficción”; y culmina sosteniendo el Papa que estas doctrinas populistas “como tantos otros acicates estimulan las pasiones populares, que engreídas, se insolentan precipitándose para gran daño del Estado”.[1] El pueblo, pues, azuzado, halagado como un tirano, votará a través de su voluntad erigida como ley rectora del universo leyes hondamente perjudiciales para el Estado, profundamente contrarias a la razón y a la verdad, como lo son, por citar ejemplos cercanos, la ley del asesinato del niño no nacido, la ley de la narcotización poblacional y la ley del amancebamiento homosexual, perfectamente legítimas desde el torcido punto de vista de la soberanía popular.



[1] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente (I)”, Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 59.


“Alfonso Reina salía centellando del salón de la conferencia. Ha acabado la votación, se niega la existencia de Dios por la mayoría de siete votos”.

En la primera entrega de este ensayo se explicó cuál es el juicio de la Iglesia y del pensamiento clásico de Occidente acerca de la democracia bajo su primer aspecto, la soberanía popular. En esta segunda entrega se analizará el juicio acerca de la democracia bajo su segundo aspecto, el sufragio universal, tal como ha sido definida a los efectos de este ensayo.

2) Sufragio universal

“Existe una plaga horrenda que aflige a la sociedad humana y se llama sufragio universal. Es ésta una plaga destructora del orden social y merecería con justo título ser llamada mentira universal”. Sentencia es ésta del Papa Beato Pío IX, extraída de su encíclica Máxima Quidem, de 9 de junio de 1862.[1]

El sufragio universal es, entonces, para el Magisterio de la Iglesia Católica (Iglesia que –aclárese- es Mater et Magistra, es Madre y Maestra) una plaga horrenda destructora del orden social, que debe ser llamada con justo título mentira universal. ¿Por qué tan grave juicio condenatorio?

Como afirma el mismo Papa Beato Pio IX, el sufragio universal es destructor del orden social, porque la representación política que apareja es en sí misma, necesariamente, destructora del orden social. Es ésta la representación en base a los partidos políticos.[2]

Al respecto, escribe el sacerdote argentino, Padre Julio Meinvielle: “nada más deplorable y opuesto al bien común de una Nación que la representación en base al sufragio universal […] Porque el sufragio universal es injusto, incompetente, corruptor […] corruptor porque crea los partidos políticos con sus secuelas de comité, esto es, oficinas de explotación del voto; donde el voto se oferta al mejor postor, quien no puede ser sino el más corruptor y el más corrompido. Tan decisiva es la corrupción de la política en base al sufragio universal, que una persona honrada no puede dedicarse a ella sino vendiendo su honradez […].”[3]

La representación en base a partidos políticos conspira, de consuno, contra el interés general. Puesto que está en la esencia de los partidos políticos el interés sectario y divisor: “Una y sola será siempre la Religión que une; múltiples y amenazantes serán los partidos que disocien, fragmenten, atomicen o dividan”, enseña el Dr. Antonio Caponnetto, eminente poeta, historiador y filósofo argentino.

Vale atender, a ese respecto, al testimonio del estadista portugués Antonio de Oliveira Salazar, quien gobernó su país entre 1932 y 1968 bajo una “atmósfera de milagro”, según las palabras del Papa Pío XII:

“Soy profundamente antiparlamentario, porque detesto los discursos hueros, la verborragia, las interpelaciones vistosas y vacías, el halagar las pasiones, no en torno a una gran idea, sino de futilidades, de vanidades, de naderías, desde el punto del interés nacional […] No nos podemos permitir el lujo de dejar reinar de nuevo entre nosotros la división y la discordia, y de consentir a las luchas partidarias […] El espíritu de partido corrompe y envilece el poder, deforma la visión de los problemas, sacrifica el orden natural de las soluciones, se sobrepone al interés nacional, dificulta –cuando no se opone completamente- la utilización de los valores nacionales al servicio del bien común […] [En síntesis] la Nación tiende instintivamente a la unidad; los partidos, a la división.”[4]

Conclusión

Son muchos, pues, los argumentos por los cuales el juicio que ha merecido la democracia para la Iglesia y para el pensamiento tradicional de Occidente es condenatorio. La democracia, primero, se basa en una ficción, cual es  la soberanía popular, invento de cuño masónico que data, aproximadamente, de la Revolución Francesa.[5] De ninguna forma la soberanía radica en el pueblo, sino en Dios.

En segundo lugar, la democracia se basa en el sufragio universal, “mentira universal” en palabras del Papa Beato Pío IX, puesto que, necesariamente, a través de la representación partidocrática, es destructor del orden social, sembrador de discordias y de anarquías, una redondeada subversión contra el Orden Político Natural. Su remedio lo constituye la política auténtica, basada en los organismos naturales, orgánicos, intermedios, tal como se vio en nuestra serie “La Política y la Representación”.

 



[1] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejón, 2014, p. 27.

[2] Véase, al respecto, las cuatro entregas de “La Política y la Representación”. Están disponibles en este blog, divididas o juntas en la sección “Documentos”.

[3] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 33 y 34.

[4] Antonio Caponnetto, “La Democracia: Un debate pendiente” (I), Buenos Aires, Ediciones Katejon, 2014, p. 143.

[5] El jesuita Francisco Suárez es un antecedente a considerar. “Suarez proclama a manera de conclusión, como un notable axioma de teología, egregium theologiae axioma, que ningún principio político es de institución divina inmediata, sino que todos han sido establecidos por medio de la multitud soberana […] Suárez es uno de los maestros del liberalismo moderno en política y si no es precursor de Rousseau, se lo debe considerar, al menos, el padre auténtico de nuestros sillonistas.” (Victor Bouillon, “La Política de Santo Tomás”, Buenos Aires, Editorial Nuevo Orden, págs. 45 y 54).

 4)

¡AQUÍ, BUENOS AIRES!

Entrevista con el Padre Julio Meinvielle[1]

Por Nuestro Enviado Especial

Germán Carlos Zaffaroni

Hace calor en Buenos Aires, la gente va y viene, se entrechoca y vuelve sobre sus pasos, cada cual por su camino, en su mundo, con su alma. Abordamos un taxi y cruzamos la majestuosa Avenida 9 de Julio.

Mucho humo, muchos automóviles en un ciudad convulsionada que mezcla la espiritualidad de viejas casonas coloniales –símbolo y estandarte de una época que aparenta tocar a su fin- y gigantescos rascacielos que parecen desafiar a Dios en una pretendida imposición del hombre sobre Su espíritu.

Nos acomodamos en el asiento y pensamos. Buenos Aires… Capital de una nación en continuo estado de gravidez libertaria y espiritual que, como nuestra Patria, no ha podido llegar a la cumbre de la independencia y de la soberanía.

¿Cuántos son los personajes, héroes, sabios, etc., que conviven con los casi diez millones de habitantes metropolitanos?

Las luces del anochecer iluminan melenas y barbas que se entremezclan grotescamente con recortadas cabelleras masculinas. Es el producto de una civilización demente y controvertida, de una sociedad perdida en una constante evolución -¿o involución?- hacia lo desconocido, lo cambiante. Es la demostración urbana del cambio por el cambio.

Un tórrido calor acecha al peatón. Evidentemente el verano ayuda a que los gritos estentóreos y las impaciencias se agudicen.

De pronto… un frenazo. Hemos llegado. Estamos en la esquina de las calles Independencia y Salta.

Pagamos el viaje y descendemos. El calor es más agobiante aún. Caminamos por Independencia hasta el 1194.

Antes de llamar miramos el antiguo edificio. Hay muchos años y muchos recuerdos sobre sus viejas paredes.

Un minuto después golpeamos sobre la añeja puerta siempre entreabierta. Nos atiende un hombre alto, de contextura fuerte, entrado en años. Cabeza redonda y casi totalmente calva. Ojos de mirar fuerte claro que traslucen pureza de corazón y humildad espiritual.

Viste una larga y negra sotana. Su sonrisa deja entrever una actitud hospitalaria.

Nos extiende su diestra al tiempo que nos invita a pasar. Es el Padre Julio Meinvielle.

Pasamos a un recinto humilde y limpio. El ambiente es monacal y acogedor a la vez.

Nuestra vista recorre las paredes cubiertas de libros. Sobre la mesa más libros, acompañados de papeles y anotaciones.

Allí está el fruto de cuarenta años de trabajo, estudio y meditación. La soledad del Padre Meinvielle, que por cierto es mucha, subsiste muy acompañada. El ambiente desborda espiritualidad. Intelectualidad. Compañía.

A una invitación suya tomamos asiento y comenzamos la charla.

Padre, ¿considera el momento actual de la Iglesia más crítico que en el siglo del Protestantismo?

-El momento actual es para la Iglesia mucho más crítico que el del protestantismo, y ello por diversas y fáciles razones. El protestantismo fue un movimiento localizado y por lo mismo no tan extendido ni tan profundo. En cambio el progresismo actual es un movimiento universal, al menos para todo el Occidente y de mayor profundidad en cuanto a su penetración. Ya no hay verdad que se mantenga incólume. Incluso la existencia de Cristo y de Dios es cuestionada. En realidad, el progresismo, en su variante liberal burguesa o en la proletaria comunista, termina con toda expresión religiosa. Se marcha hacia una secularización o ateización de la existencia humana.

-¿Cuál es para Ud. la raíz del actual caos en el catolicismo?

- Esta pregunta merecería ser descompuesta en distintos niveles. Pero le podemos dar una respuesta global. Hasta hace unos años, aproximadamente unos treinta, el Catolicismo de la Iglesia tenía enemigos y por de pronto el enemigo natural de que habla el apóstol San Pablo en la Primera Carta a los Tesalonicenses (2,14), “los judíos, que dieron muerte al  Señor Jesús, a nosotros nos persiguen, no agradan a Dios y están contra todos los hombres”. Los judíos fabrican, de vez en cuando, a los otros enemigos de la Iglesia, a los masones y a los comunistas, a quienes seleccionan de entre los “goim” o gentiles. Pero hoy la Iglesia no tiene enemigos  visibles porque éstos han sabido infiltrarse dentro de sus filas y han llegado a “copar” posiciones claves y a manejar las palancas de mando de la Iglesia misma. De aquí que el proceso de la Iglesia no se realice desde fuera sino de adentro mismo. Es un proceso de autodestrucción.

-¿Teniendo en cuenta la reiterada prescindencia por parte de algunos obispos y jerarquías eclesiásticas de las enseñanzas papales se puede prever un cisma en los próximos años?

-Yo no creo que pueda haber cisma en la Iglesia. Porque no nos iremos de la Iglesia por mucho que esto pretendan los enemigos que se han adueñado de la Iglesia misma; y ellos –los enemigos infiltrados- tampoco se han de ir, pues quieren destruirla desde dentro.

Tendremos que soportar este tiempo de autodestrucción hasta que Dios intervenga y ponga las cosas en su debido lugar.

-¿En qué estado considera usted, se encuentra la Revolución Mundial, que tiende a destruir nuestros valores esenciales?

-La Revolución Mundial, que está trabajando desde hace siglos en esta lucha contra la Iglesia y contra las nacionalidades, está a punto de lograr su objetivo, que es el de la implantación de la tiranía universal del Anticristo. Pero antes de que logre ese objetivo, me inclino a creer que veremos el Reino Universal de la Virgen. María reducirá a polvo, y bien pronto, a todos los enemigos y sólo después logrará el Anticristo su breve reinado universal.

-Respecto del Nacionalismo, Padre, ¿considera usted que se reincorporará finalmente para restaurar los esquemas Naturales sobre los que se debe regir la vida de todo hombre?

-El Nacionalismo es una expresión temporal que quiere la implantación de los valores naturales del hombre en la Cultura, en la Economía y en la Política. Un Nacionalismo sano no ha de mirar esos valores como bienes en sí y de una estima absoluta sino que ha de integrarlos en un contexto histórico de validez universal que se llama la Cristiandad. Creo que, a corto plazo, caminamos hacia la restauración de la Cristiandad. A plazo corto digo, porque la historia se mueve hoy a un ritmo aceleradísimo. Pero la Cristiandad no ha de ser posible si, previamente, no se cumple la purificación universal de que hablan todos los mensajes marianos.

-Finalmente, Padre Meinvielle, quisiéramos que dirigiera un mensaje para el pueblo uruguayo en este difícil momento por el que atraviesa frente a la subversión político-religiosa.

-Aquí está la clave del momento actual para nuestros hermanos, los uruguayos, y para nosotros, los argentinos. Es un momento de conversión interior, individual y colectiva, en el sentido de encontrarnos con los valores (...)[2] la supervivencia y grandeza de nuestros pueblos y cuyo olvido ha determinado sus ruinas.

Frente al liberalismo y al marxismo disgregador que nos convierte en polvo, profesamos nuestra creencia en que la Virgen Madre ha de brindarnos una vez más nuestra salvación individual y colectiva, aún en estas nuestras Patrias terrenas.

-Hace una pausa y nos invita con un refresco. Habla del calor y del Uruguay.

Manifiesta un vivo interés por nuestros problemas. Le pedimos algunas fotos para publicar junto con el reportaje.

Nos acerca tres fotos que guardamos, y dos de sus obras que nos obsequia.

Se tratan de “Política Argentina 1940-1956” –en la que sitúa al lector frente al discutido y siempre vigente problema del peronismo- y “De la Cábala al Progresismo” en la que fundamenta su posición frente a la actual subversión espiritual y moral.

Miramos el reloj. Es tarde, en el Aeroparque nuestro avión debe estar calentando sus motores.

El Padre Meinvielle se despide amablemente acompañándonos hasta la puerta de la vieja casona.

Nos retiramos dejando atrás un semblante lleno de vida –y cuarenta años de sacrificio, meditación, estudio y trabajo por la Verdad-

La calle nos recibe con su calor pegajoso. Por un momento habíamos olvidado que estábamos en Buenos Aires.



[1] Publicado el miércoles 19 de enero de 1972 por el semanario “Azul y Blanco”, Montevideo, Uruguay. Se ha copiado fielmente el original.

[2] El original está borrado en las tres o cuatro palabras que siguen.


5)

                 DOCTRINA: SUBVERSIÓN EN EL CINE [Y EN LAS “SERIES”]

La gigantesca empresa de destrucción de la Civilización Occidental que el marxismo necesita para imponer la dictadura mundial de una casta pequeña sobre la humanidad masificada, se vale de los medios de difusión audiovisuales y en particular del cine [y de las “series”].

Objetivos de la subversión en el cine [y en las series]

1) Disminuir el espíritu crítico por medio de una mezcla de estupidez, abstracción y sensiblería.

2) Destruir la moral tradicional por medio de un erotismo barato.

3) Llevar al espectador a pensar en sentido subversivo, o mejor, a no pensar.

4) Desarrollar la sensibilidad y la amoralidad para disminuir la resistencia espiritual.

Medios usados

1) Se acreditan los errores históricos más gruesos y se deforma sistemáticamente el pasado.

2) Se da una idea deformada de ciertos grupos sociales, especialmente comunidades religiosas y militares.

3) Se valoriza una posición política subversiva. No es preciso para ello todo un film [o serie]; basta que el “héroe” sostenga esa posición, o un cambio de frases revelador.

4) Se atacan los valores fundamentales de la civilización occidental y de la religión.

5) Se hace simpático o inofensivo todo lo que procede de la subversión en el mundo. Especialmente, los temas de moda, como la “descolonización”, las luchas de “liberación” [el feminismo, el homosexualismo, etc.].

Método empleado

1) Teoría elemental. Se distribuyen los roles según un método maniqueista: el “héroe” progresista, siempre “bueno”, y su conducta “virtuosa”, lo cual hace resaltar los vicios del enemigo. Los héroes son hechos simpáticos por sencillas artimañas relativas al físico del actor, al éxito que obtiene y a los propósitos que persigue. Este método facilita la comprensión de un público de nivel intelectual a menudo bajo y atraído por la facilidad.

2) Teoría indirecta. También utilizan fuerzas elementales de amor y de odio contenido en el hombre, pero sobre todo prejuicios o reflejos condicionados inculcados anteriormente (prensa, universidad [videos, televisión, redes sociales]), por la propia subversión. El sistema consiste en “sacudir” al espectador con escenas o temas. Así:

A) Seudo- reconstrucciones históricas “adaptadas”, truncas, pero consideradas verídicas por un público inculto.

B) Recortes de noticieros. La trampa es evidente, pero el fulgor “técnico”, por no decir “científico”, e irrefutable montaje, anula toda crítica. Ejemplo: las películas sobre “crímenes de guerra” (sólo alemanes).

C) Sistematización de los hechos a fuerza de mostrar en diferentes films [o series] a un hombre o grupo humano desfavorablemente: la idea se incrusta insidiosamente en el cerebro del espectador.

D) Imágenes chocantes sobre la moral o la tradición, para habituar al espectador a ciertas escenas [esto ocurre típicamente con la pornografía: el llamado proceso de “insensibilización”]. Esto especialmente en lo que respecta al “amor libre”.

E) Hacer pasar la escena que se desea grabar en el curso de la proyección en cierto tema y a razón de una imagen cada 24 imágenes, de modo que el ‘’yo’’ no tenga tiempo de registrarla, mientras que en el cerebro, ya en estado de receptividad y de ‘’no-resistencia’’, la imagen se grava conjuntamente con las otras. Es un artificio muy difícil de descubrir.

Acciones prácticas

A) Los films de guerra en que los soldados yanquis son ‘’héroes puros’’ o ‘’brutos sádicos’’ según la posición que hayan tomado frente al comunismo (“buen americano” contra alemanes y japoneses, “mal americano” en otros casos).

B) Los films [y series] que combaten las bases de la sociedad tradicional: sentido del honor, culto al trabajo, fidelidad conyugal, amor a la patria. Se reemplazan esos valores por el “furor de vivir”, el gusto desenfrenado del lujo fácil, la exaltación (so pretexto de comprensión y de tolerancia) de todas las depravaciones, algunas de ellas muy intelectualizadas [homosexualidad, pedofilia, incesto].

C) La ridiculización del ejército a través de los cuerpos de oficiales presentados como inadaptados sociales o a través de sus cuerpos de élite (paracaidistas, legionarios, marines) considerados como bandas de asesinos y “gangsters”.

D) Cualquiera sea el tema de los films, se ve aparecer más y más un sentimentalismo bestializante y fofo, mostrando “el absurdo de la guerra” (contra el comunismo), preconizando el derrotismo de la “no violencia”, la deserción (relacionar con las campañas pro-paz en Vietnam).

Conclusión

El fin perseguido por la subversión en el cine [y en las series] es la masificación pública y liquidar todos los valores occidentales. Para luchar contra esa maniobra hay que operar o favorecer la desintoxicación, poner en guardia a los espectadores, especialmente a los jóvenes. Hay que demostrar sin descanso los mecanismo de esta propaganda, denunciar sus métodos y despertar el sentido de crítica que permita a cada uno detectar la subversión y no dejarse atrapar en sus redes.

AAA


6)                                            EN DEFENSA DEL VOTO

Si el sufragio –sobre todo el sufragio universal- puede terminar con una sociedad, sólo el voto puede redimirla. Que la palabra voto se haya transformado en un sinónimo de sufragio no es una curiosidad, más o menos pintoresca, para esparcimiento académico. Es, más bien, un “voto a Satanás”, el fruto de una tendencia perversa que lleva –lenta y seguramente- a la disolución del lenguaje. Y la disolución del lenguaje que es ¡ay! una de las pocas cosas que nos distinguen de los animales, constituye un preámbulo de la disolución de lo humano. La diferencia específica entre el hombre y los animales es más bien la palabra que la razón: los tontos y los locos son hombres porque pueden hablar, aunque no razonen. Cuando los cristianos profesamos nuestra fe en la salvación, decimos que el Verbo –y no la Razón- se hizo carne.

La conspiración maligna

En todo atentado contra la palabra –que es algo sagrado- hay una conspiración maligna, una intención deshumanizante. Sobre todo cuando no se trata de un mero cambio en la grafía o en la pronunciación –que normalmente quedan intactas- sino en el contenido. No tiene importancia que “blanco” se escriba con ve corta, pero que blanco comience a significar negro ya resulta alarmante. El desuso es la muerte natural de las palabras; el equívoco, en cambio, es la muerte violenta, el asesinato por mentira. La palabra entonces se envilece, se degrada, pierde el “sentido común”, se prostituye y se utiliza para mentir. En nuestros días, el lenguaje sufre un proceso universal de degeneración, coincidente con la decadencia de la poesía como arte, de la filología como ciencia y de la “palabra empeñada” –EL VOTO- como norma de vida. Paralelamente se da un auge de las disciplinas bíblicas que es plausible, en principio, pero que en muchos casos se encamina –por influencia del racionalismo naturalista- a relativizar el valor o la vigencia de la palabra de Dios. Toda teología puede ser cuestionada por un hebraísta sutil abandonado al libre examen de las palabras. La cizaña del equívoco ofrece, en este siglo, su cosecha más abundante desde los tiempos en que Adán recibió el mandato de NOMBRAR al mundo.

Un ataque diabólico

El asfixiante olor a azufre que despide este proceso de disolución del lenguaje es imperceptible para los narices incrédulas, para los pobres pulmones acostumbrados al “smog” sulfuroso de los tiempos, resignadamente sometidos a la dialéctica y, por lo tanto, a la contradicción –nuevo eufemismo de la mentira- como algo saludable, como condición de progreso. El ataque al lenguaje es diabólico porque sin lenguaje inteligible no puede haber razonamiento inteligible: el acceso racional a la verdad queda bloqueado por la falta de sentido –por la “insignificancia”- de las palabras. Sin lenguaje inteligible no hay entendimiento, ni paz, ni diálogo, ni promesa valederos. La corrupción del lenguaje es el método más directo de corromper a los hombres.

El respeto por la palabra fue una orden de Jesucristo a sus discípulos. “Que vuestro lenguaje sea ‘sí, sí, no, no’, en contraste con los circunloquios, las ambigüedades y las falacias de los paganos. De allí proviene el voto, que significa CONSAGRACIÓN. El voto es algo así como la consagración de la palabra para un cristiano. Y la DEVOCIÓN es la fidelidad a esa palabra empeñada ante Dios, la Virgen o los Santos. Sobre el voto y no sobre el “contrato” jurídico se basa el matrimonio indisoluble. Sobre el voto y no sobre el “contrato social” se basa la lealtad del ciudadano cristiano a su patria…

Una entereza inquebrantable

El voto, la palabra consagrada, supone una idea muy seria de la vida. Supone que la vida es una vocación a la que se debe fidelidad y que es RESPONSABLE DE ESA FIDELIDAD. Supone también, desde luego, una elección, pero una elección definitiva: el voto por excelencia es el VOTO PERPETUO de los religiosos. Ese compromiso vitalicio –que tanto horroriza al espíritu moderno- es tanto más obligatorio cuanto más libremente se formula como, por ejemplo, en el caso del matrimonio o del sacerdocio. Un hombre capaz de cumplir hasta el heroísmo un voto perpetuo es un hombre verdaderamente libre.

Esa entereza inquebrantable fue el ideal de la Cristiandad en sus buenas épocas. Los votos caballerescos, que obligaban de por vida, consolidaron el prestigio legendario de los antiguos caballeros cristianos. La palabra “caballeros” apenas significa hoy día otra osa que un conjunto de modales agradables (o no), la pertenencia a determinados clubes sociales y la adhesión a unas pocas opiniones conservadoras y erróneas. Durante mil años significó, en cambio, la integridad más absoluta al servicio del ideal moral.

El significado del voto

Opuesto al capricho y a las veleidades del sufragio democrático, el voto significaría, en Política, la devoción por el bien común entendida como un compromiso vitalicio entre el ciudadano y su patria. El político DE-VOTO o “de voto” cumple así con su deber aunque no tenga éxito, porque la obtención del poder o el mantenimiento en el poder no son –aunque se procure y desee- el objeto último de su lealtad. Si lo son, en cambio, para el maquiavélico.

Mientras vemos, por todas partes, que la carne se hace verbo y le comunica sus inexorables proclividades a la corrupción y a la muerte, intentemos restaurar el voto, que es la palabra humana hecha carne. El voto es la asunción espiritual de lo efímero, de lo carnal o temporal, para ser ofrecido, consagrado y pronunciado en ofrenda razonable y aceptable como homenaje VOTIVO al orden eterno.

JUAN MANUEL PALACIO


7)                BREVE RESEÑA BIOGRÁFICA DEL GENERALÍSIMO FRANCO

Perfil humano

Franco nació a las doce y media de la noche del tres al cuatro de diciembre de 1892 en El Ferrol, La Coruña, Galicia, hijo del contador de navío Nicolás Franco y de Pilar Bahamonde, hija también de un oficial de marina. Cursó sus estudios elementales en el Colegio del Sagrado Corazón y en el Colegio de Marina, en su ciudad natal. Fue el segundo de cinco hermanos: Nicolás, Francisco, Pilar, Ramón y Paz. La más pequeña murió a muy temprana edad, de una enfermedad no bien diagnosticada por los médicos de la época. Ramón, héroe de la gran aventura transmarina del “Plus Ultra”, murió en una acción militar durante la guerra civil española. Viven Nicolás, ingeniero naval y durante muchos años embajador en Lisboa, y Pliar que enviudó prematuramente del ingeniero Jaraiz.

Los biógrafos de Franco coinciden en señalar de su infancia “aquel niño, al lado de sus hermanos, primos o amigos, resultaba un niño absolutamente corriente y normal, si bien un tanto retraído, tímido, reflexivo y secreto, en posesión de una fría habilidad”. Por su parte, a este respecto, Franco declara: “Yo no tuve infancia. Nos íbamos de casa a los catorce años. Casi puedo decir que mi verdadera infancia transcurrió en la Academia Militar de Toledo”.

Por tradición familiar, Franco tuvo siempre vocación militar, y su boda fue un paréntesis en su carrera. Aprovechando un breve permiso se casa en Oviedo con Carmen Polo y Martínez- Valdés, el 16 de octubre de 1923. Como era gentil-hombre de cámara del Rey, es apadrinado por éste, representado por el General Antonio Losada, Gobernador Militar de Oviedo. La boda fue un acontecimiento en la capital asturiana. Era la boda de un héroe de la guerra de África con una muchacha perteneciente a una de las familias más conocidas de Oviedo, que no estuvieron al principio de acuerdo con aquel enlace. Tuvieron una única hija, Carmen, nacida en 1926, que casada con el Dr. Cristóbal Martínez Bordiú, Marqués de Villaverde, ha tenido siete hijos: María del Carmen, Mariola, Francisco, María del Mar, J. Cristóbal, Aránzazu y Jaime. La mayor, María del Carmen, recientemente casada con su Alteza Real don Alfonso de Borbón, Duque de Cádiz y Embajador de España en Estocolmo, Suecia, le han dado, hace tan solo unos días, su primer bisnieto, que recibirá el nombre de Francisco.

De sus aficiones, se dice: “Franco es pintor. Pintor que contempla con tierna benevolencia sus propias obras. Pocas persona han contemplado sus cuadros”.

“La caza es una de sus grandes aficiones y por servirla sufrió un grave accidente que estuvo a punto de estropearle la mano izquierda. Escopeta infatigable y certera, son muchas las anécdotas que de él se conocen”.

“El sentido de la imagen, manifiesto en un hombre que desde niño sintió gran inclinación al dibujo y luego a la pintura, se traslada al objetivo de la cámara fotográfica”.

“La pesca, sea fluvial (salmón, trucha), sea marinera y de altura (bonitos, atunes y hasta algún que otro cachalote) se inserta en las distensiones deportivas de Franco”.

“Es un asiduo jugador de golf a lo largo de todo el año, lo mismo en su retiro de El Prado que, llegando el verano, en La Zapateira de La Coluña”.

Franco, el militar

Franco no puede seguir su vocación de marino, ya que el Gobierno español, por penuria del erario público, suspendió las convocatorias de ingreso en la Escuela Naval Militar, y el 29 de agosto de 1907, cuando aún no había cumplido los dieciséis años, ingresa en la Academia de Infantería del Ejército de Tierra, que se hallaba en la ciudad de Toledo, graduándose como el más joven alférez de España el 13 de julio de 1910.

Durante sus años de Academia Militar deja ya una idea bastante definida de su personalidad. Su biógrafo, Joaquín Arrarás, dice de él en un libro escrito en 1937: “Franco era fino y delgado, con unos ojos grandes, brillantes y curiosos. Decidido y siempre bien dispuesto para cumplir los deberes, por penosos que fueran, que imponía la disciplina de la Academia. Pero, a la vez, inquieto, con un alma saltarina y alegre que le impulsaba a asociarse a las bromas y aventuras que son el perfume de los años floridos de cadete”.

Su carrera militar es rápida e intensa. Asciende a Teniente a los pocos meses de incorporarse a África, el 16 de enero de 1915 a Capitán, cuando sólo tenía 22 años. Su bautismo de sangre fue el 23 de junio de 1916 al atacar a los rebeldes de la Kabila Anjara, siendo herido en el vientre. Estuvo al borde de la muerte. Muchos años después, uno de los médicos que lo atendió reveló ante las cámaras de televisión que su herida fue tan grave que habían prohibido su traslado a un hospital por temor a que no llegase con vida y se salvó por el segundo de tiempo en que había entrado la bala y el movimiento respiratorio. Le premiaron con la cruz de María Cristina y es ascendido a Comandante.

A los 24 años, cuando estaba destinado en el Regimiento del Príncipe, en Oviedo, su nombre era ya popular y se le conocía cariñosamente con el nombre de el “comandantín” por ser el más joven Jefe del Ejército que tenía España.

Franco vuelve a la campaña de África como lugarteniente de Millán Astray en la Legión y su aureola de bravura, sangre fría y seguridad, que infunde además a sus soldados, se extiende a la Península.

En 1922 publica su libro “Diario de una Bandera” y el Consejo de Ministros acuerda su ascenso a Teniente Coronel, convirtiéndose en Jefe de la Legión a los 30 años.

El General Primo de Rivera, Jefe de la Dictadura, dijo de él: “Ninguno ha luchado más, ni con tanta perseverancia, ni con más capacidad en Marruecos”.

En setiembre de 1925, Franco como jefe de la columna de vanguardia, desembarca en Alhucemas y con esta victoria se logra la pacificación del territorio marroquí. Pocos meses después, como recompensa a sus méritos de guerra, es ascendido a general a los 33 años, recibiendo además su segunda medalla militar, la Encomienda de la Legión de Mérito Militar y Naval francés. Ahora no es ya sólo el más joven Jefe Militar de España, sino el más joven general de Europa. En 1928 es nombrado por Primo de Rivera director de la Academia General Militar.

De su labor en la Academia, Maginot, Ministro de la Guerra francés, que la visitó en 1930 dijo: “No es ya un organismo modelo, sino el centro en su género más moderno en el mundo. El General Franco, aunque joven, me pareció un caudillo maduro y un director lleno de experiencia, de visión y de sicología de mando. Un Ejército encuadrado en el plantel de una oficialidad semejante sería un Ejército envidiable y temible”.

Por la pacificación de Asturias en octubre de 1934 recibe la Gran Cruz del Mérito Militar. Es ascendido a General de División y en marzo de 1936 desembarca en Tenerife como Comandante General de Canarias. Desde allí sigue los acontecimientos que se están desarrollando en la Península. Ante la caótica situación del país y desbordada toda autoridad, el 18 de julio de 1936 se levanta el Ejército contra el Gobierno y Franco toma su mando. El 5 de agosto, festividad de la Virgen de África, ordena la salida de Marruecos hacia España del convoy, llamado de la Victoria, con tres mil hombres y seis baterías. Una vez en la Península, consigue unir, tras la batalla de Mérida y Badajoz, las fuerzas nacionales del Norte y del Sur. El 29 de setiembre de 1936 es nombrado Jefe Superior de todas las fuerzas, y el primero de octubre del mismo año, la Junta de Defensa Nacional promulga el decreto por el que se le nombra Jefe del Estado y Generalísimo de los Ejércitos. Durante tres años protagoniza páginas gloriosas de guerra civil española, como militar y estratega, y el primero de abril de 1939, emite el lacónico parte de la victoria:

“En el día de hoy, cautivo y desarmado el Ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”.

Franco, el estadista

A partir de este momento, el estadista sustituye al militar en la personalidad del Jefe del Estado Español, durante treinta y tres años de paz.

Al frente del nuevo Estado, franco impregna su política de un carácter fuertemente social. Sin declararse monárquico o antirrepublicano, repite en varias ocasiones que es opuesto al retorno del régimen liberal, esterilizador.

El primero de setiembre de 1939 se declara la Segunda Guerra Mundial y Franco logra afirmar una indefectible amistad con las potencias del Eje, sin comprometerse, sin embargo, de una manera decisiva. El 4 de setiembre de 1939 dicta un decreto declarando la neutralidad Española, y el 13 de junio, la “no beligerancia” para testimoniar el vivo interés español en los asuntos del Mediterráneo. Alemania insistía en que España debía entrar en la Guerra y Franco acude a Hendaya el 23 de octubre de 1940 para entrevistarse con Hitler. A las peticiones del alemán no contesta con un “no” rotundo, pero su negativa es real y efectiva. Lo mismo ocurre en febrero de 1941 en Bordighera frente a Mussolini, que al parecer ya está convencido de que no alcanzará la victoria. A su regreso, en Montpellier, se entrevista con el Mariscal Pétain.

En vísperas del término de las hostilidades, el Gobierno de Washington publica el 21 de febrero de 1944 una condena al gobierno español, por su “carácter antidemocrático y totalitario”. El Primer Ministro británico Winston Churchil, instigador de la guerra por temor al poderío alemán, orquesta esta misma declaración, asegurando que la España franquista nunca sería admitida en las Naciones Unidas. Truman y Bevin confirman en distintas ocasiones esta actitud de los gobiernos respectivos y Francia se adhiere a ella pidiendo la sustitución del General Franco, mediante el cierre de la frontera con España. Los gobiernos norteamericano, británico y francés publican una nueva declaración común de condena.

Pese a este “boicot” internacional, la política exterior del Jefe del Estado hace que el primero de marzo de 1951, Washington envíe a Starton Griffis como Embajador en Madrid; el 3 de marzo, Su Santidad el Papa le otorga la Orden Suprema de Cristo y el 15 de diciembre de 1955, España ingresa en las Naciones Unidas.

A partir de este momento, la España que algunos creyeron condenada a muerte tras la declaración de Postdam, ingresa poco a poco en los organismos financieros internacionales e inicia el proceso de recuperación económica.

Desde el punto de vista de la política interior, Franco somete a referéndum la Ley de Sucesión, que es aprobada en 1947 por un 93 por ciento de los votantes.

España se ha convertido en un Reino y el 22 de julio de 1969 Franco pronuncia en las Cortes (Parlamento) un discurso en el que propone una ley, aprobada por aplastante mayoría, en virtud de la cual le sucederá el Príncipe Don Juan Carlos de Borbón a título de Rey [Rey felón y delincuente quien, con el cadáver de Franco aún caliente, lo traicionó]. Un día después Juan Carlos [Rey perjuro] jura en las Cortes en presencia de Franco lealtad al Jefe de Estado y a los principios fundamentales del Movimiento, pronunciando su primer discurso como sucesor. 


8)   ASESINATO DE UN NIÑO POR EL TERRORISMO FRENTEAMPLISTA

EL CRIMEN DE CASTILLOS

La víctima

Osvaldo Roberto Amonte Barrios tenía solamente once años. La bala que penetró en su frente y segó injustamente su pequeña vida fue accionada por aquellos que decían, durante la campaña electoral de 1971, defender su futuro: el Frente Amplio.

Tanto la defendieron que no vacilaron en matarlo de un tiro en la frente. Porque esa es la expresión típica de la cobardía y la peligrosidad marxista- tupamara.

El niño, ajeno a todos los dramáticos acontecimientos de 1971, que signaron la gira del frentismo-tupamaro, observaba parte de los tumultos que desencadenó la presencia de la caravana del General Seregni.

Estaba junto a sus hermanitos, Juan Jacinto y Carlos Manuel, en el interior de su vivienda de Castillos, ubicada en el 19 de abril 1103. Tras la ventana por donde observaba la intolerancia y violencia desatada por los guardaespaldas del General Seregni, se escudaba la muerte.

Y esa muerte llegó en el tiro que partió del arma de Manual Martínez Bandera. La inconsciencia y la criminalidad manifiesta de estos grupos de choque del Partido Comunista –que protegían a Seregni- selló la suerte del pequeño de once años.

Ajenos también al drama que llegaba a su epicentro a la caída de la tarde de aquel fatídico 7 de noviembre, estaban los padres de la infortunada criatura. Su madre, Gladys Barrios de Amonte, atendía los quehaceres de la casa. Su padre, Roberto Amonte, observaba la caravana y los primeros incidentes desde el frente de la humilde vivienda. Cuando sonaron los primeros disparos, el padre del niño asesinado corrió hacia el interior de la casa para prevenir a su familia y quitar a los niños de la ventana. Pero su carrera fue una carrera infructuosa.

El asesino

Manuel Martínez Bandera es el nombre del asesino del niño de Castillos y por ello quedará en los anales de la dolorosa y reciente historia del Uruguay en lucha por sus libertades. Bandera era uno de los “matones” integrantes de las fuerzas de choque del Partido Comunista que custodiaba las espaldas de los cobardes políticos que instigaron intelectualmente desórdenes y el enrarecido clima preelectoral de 1971.

El repudio que despertó la presencia de la dirigencia frente-comunista en Castillos el 7 de noviembre de 1971 degeneró en un tumulto alrededor de la caravana del Frente Amplio. Allí, en medio de la confusión, el asesino de las huestes de choque de Seregni disparó un revólver calibre 38, para dar muerte al niño.

Manuel Martínez Bandera será un símbolo de ahora en adelante. Símbolo de la opresión, de la tortura y de la ejecución tan comunes en los países donde el comunismo tiraniza.

Detenido tras la denuncia, hace ocho semanas, de un integrante de las filas de los conspiradores tupamaros- comunistas, el guardaespaldas intentó evadir su responsabilidad. Por fin, confesó que había efectuado disparos al aire, como si esto minimizara su crimen.

Ahora, se continúa analizando la eventual participación del criminal en las filas de los tupamaros. Si esto se probara, quedará a la luz nuevamente la organización apátrida que vincula a los grupos comunistas con los grupos frentistas y los grupos tupamaros, convirtiendo en un solo haz de destrucción y muerte a esas corrientes político-conspiradoras.

La mentira

Ocurrido el crimen, la vertiginosa velocidad de los aparatos propagandísticos tupamaro-frentista-comunista salió al paso de la verdad.

Y esta verdad no pudo resplandecer de inmediato en una Nación atemorizada aún por la guerra que estaba en plena marcha.

Así, ante el estupor de la población de Castillos, se echó a andar la gran mentira. Las fariseos de la prensa comunista, los escribas a sueldo de los corruptos y conspiradores, acusaron de inmediato a un joven de la Juventud Uruguaya de Pie. Enseguida levantaron la cortina de humo para ocultar su tremendo asesinato. Los diarios comunista-tupamaros afirmaron que un integrante de la JUP había efectuado el disparo. Construyeron todo un aparato de calumnias, mentiras, falsedades, rumores y dudas que nunca confundió al pueblo uruguayo, pero que retrasó, en parte, la acción de la Justicia Civil. Por meses, el pueblo oriental reclamó una acción vertical. Hasta que la Justicia Militar, representada por el Coronel Doctor Federico Silva Ledesma, tomó cartas en el asunto, partiendo de la acusación concreta e ilevantable de un conspirador que estaba detenido y a las órdenes de la misma Justicia Militar.

De allí en más, los acontecimientos se precipitaron. Hace ocho semanas se detuvo al asesino. Manuel Martínez Bandera no pudo sostener mucho tiempo la mentira que formaba parte del plan frentista.

Y, a medida que caían las mentiras, quedaban en claro mentiras peores. Las que dijeron los grandes responsables.

Tanto el General Liber Seregni como el Secretario General del Partido Comunista, Rodney Arismendi, habían responsabilizado a inocentes del crimen. De esa forma, hablaron de la “rosca” y de “grupos fascistas” [como lo siguen haciendo], en el típico lenguaje marxista-tupamaro.

La Justicia Militar hizo jugar –entre tantos elementos probatorios del crimen comunista de Castillos- un objeto definitorio para las investigaciones que fue recogido tres horas después del asesinato del niño Amonte Barrios: el arma homicida. Se trataba del revólver calibre 38 que accionó el asesino aquella tarde de 1971.

Ramón Sosa, un tallerista de Castillos de 41 años, encontró, búsqueda mediante, el revólver Smith & Wesson,  que el infame criminal arrojó después de su asesinato. Sosa afirmó a la prensa que poco después del tiroteo fatal vio detenerse frente a su garaje de Castillos un automóvil que acompañaba la caravana del General Seregni. De ese automóvil, bajaron cuatro hombres con armas en la mano. No los reconoció en el momento, pero ahora estima (los hechos lo ratifican) que eran los guardaespaldas de Seregni.

Presume también que fue en esos momentos cuando Manuel Martínez Bandera se desprendió del revolver con que mató al niño. 

9)                                                       27 DE JUNIO DE 1973

“La Mañana”, 29 de junio de 1973:

“La crisis política desatada desde las elecciones de 1971 culminó en la madrugada del miércoles con la disolución, por el Poder Ejecutivo, de las cámaras de Senadores y de Representantes.

[…] Debemos decir con entera franqueza que estimamos que no es solamente la lógica consecuencia de un largo desarrollo político, sino también la inevitable y única salida posible del mismo.

Al Presidente de la República no le quedaba otro camino para salvar la esencia de las instituciones y la integridad nacional de la paz interna.

La decisión no sorprendió a nadie porque es la conclusión lógica e inevitable del deliberado enfrentamiento organizado por diversos centros de maniobra política contra el Poder Ejecutivo desde el día en que se conoció el resultado de las inobjetables elecciones de 1971. Los derrotados de entonces no perdonaron nunca ese resultado.

El Presidente de la República, en su alocución del miércoles por la noche, al recordar sus insistentes esfuerzos para alcanzar la realización de un gobierno nacional que el país tanto necesitaba, recuerda cómo ‘subió las escaleras y ofreció sin reticencias y sin condicionamientos, la oportunidad de trabajar todos juntos, los uruguayos que deseaban el bien del país, en la gran obra de la reconstrucción nacional’. Todos conocen la verdad de este esfuerzo, que por pasión, por ambición o por ceguera, fue sistemáticamente rechazado.”

“Azul y Blanco”, 8 de agosto de 1973:

Verdadero acto de preservación institucional

“El Presidente de la República Don Juan María Bordaberry ha dado el paso trascendental de disolver las Cámaras.

Todo el pueblo, el verdadero Pueblo Oriental, el que rechaza con indignación tanto la traición de la Antipatria como la traición de los políticos descastados y corruptos, está con el Presidente Bordaberry y aplaude con calor y entusiasmo la medida difícil pero indispensable, que acaba de tomar.

En nuestro siglo y medio de vida institucional muchas veces han sido disueltos por el Poder Ejecutivo los cuerpos constituyentes o legislativos del Estado, y nunca antes y muy difícilmente en el futuro, habrá estado tan plenamente justificada esta medida.

Porque pese a las apariencias primeras, el paso dado no sólo no constituye un avasallamiento de las instituciones, sino que constituye, por el contrario, un verdadero acto de preservación institucional. Es con entera veracidad y exactitud que el Presidente Bordaberry ha dicho: “Las instituciones, compatriotas, las estamos salvando hoy”.

Quien no conozca la personalidad de Juan María Bordaberry; quien no conozca su natural de hombre sencillo, sin ambiciones, excelente esposo y padre de una numerosa y bien constituida familia; quien sólo piense en la imagen de los tantos que en América han sabido erigirse “salvadores” de sus respectivos países, podrá pensar que esas palabras constituyen la cínica expresión de un nuevo “mandamás”. Y nada tan contrario a la realidad como ese pensamiento […]

Cómplice y encubridor de la sedición antinacional

La disolución de las Cámaras y luego de las Juntas Departamentales “constituyen una reafirmación de la institucionalidad” porque “si se trata de medidas absolutamente excepcionales” lo son precisamente “porque así lo imponen circunstancias también absolutamente excepcionales”.

Circunstancias absolutamente excepcionales y absolutamente graves que ningún ciudadano honesto y consciente puede negar. Esas circunstancias fueron perfectamente reseñadas por el Presidente tanto en el mansaje a la Asamblea General en que expuso la grave violación cometida por el Parlamento en el caso de Erro, así como también en los fundamentos del Decreto de disolución de las Cámaras y en el discurso radiotelevisado dirigido a la Nación en la noche del mismo 27 de junio.

Todo lo ocurrido con motivo del pedido de desafuero del senador Erro, elevado por la Justicia Militar, fue algo tan bochornoso que si los políticos no se avergüenzan de ello –y todo indica que no se avergüenzan- es porque han perdido toda sensibilidad, todo espíritu crítico, todo pudor, todo respeto por sí mismos.

EL PARLAMENTO Y EN SUS DOS RAMAS, SE CONVIRTIÓ EN CÓMPLICE Y ENCUBRIDOR DE LA SEDICIÓN ANTINACIONAL, EN CÓMPLICE Y ENCUBRIDOR DE LA ANTIPATRIA, al proteger y sustraer de la justicia competente a Enrique Erro, uno de los jefes políticos de los criminales complotados para entregar al país a la esclavitud marxista y comunista.

Y esto lo hizo el Parlamento en momentos en que la guerra subversiva con que el comunismo ataca nuestro país está en pleno curso y el enemigo, contenida de momento la violencia externa del sector castro-maoísta, tiene intacto su aparato militar del sector moscovita y domina con gran poder amplios y numerosos ambientes de la vida nacional y ejerce una incontrastable influencia psicopolítica que arrastra a gran parte de las generaciones jóvenes. Por consiguiente, tan grave comportamiento del Poder Legislativo en momentos de peligro para el país comporta un verdadera traición, un verdadero crimen de lesa Patria.

… No consagra la impunidad de los delincuentes

Como señaló el Presidente en los documentos citados, “las mayorías parlamentarias acaban de consumar un hecho de indudable gravedad: han rechazado la acción de la justicia en un caso en que la propia patria había sido agredida”.

“Para ello, el Poder Legislativo usó de sus potestades con un fin ilegítimo; so pretexto de defender los fueros pretendió impedir con motivos políticos el curso de un proceso penal. El Poder Legislativo no está facultado para ello. El Poder Legislativo no está facultado para denegar la petición formulada, no por el Poder Ejecutivo sino por la justicia competente […]”

Pero fue el caso, como lo recuerda el Presidente en su exposición, que legisladores que pesaron decisivamente el resultado, expresaron que existía mérito suficiente para el procesamiento del senador Erro, pero que igualmente no se iba a votar afirmativamente el desafuero solicitado por el justicia; otros ya anunciaron su voto negativo aún antes de leer el expediente remitido por el juez militar, antes de informarse, de interiorizarse si el pedido era razonable o no. Para todo eso no está facultado el Poder Legislativo, para eso no tiene discrecionalidad […]

Como muy bien dijo el Presidente en su discurso, “la independencia de poderes no consagra la impunidad a los delincuentes. No significa tampoco una valla que detenga la justicia a las puertas del Palacio Legislativo, desde cuyo interior transgresores de las leyes se burlen de la acción de los poderes públicos”.

“No es posible imaginar que el fuero de excepción de los legisladores conferido sólo para desarrollar su gestión como tales, se transforme en régimen de privilegio. No es posible aceptar que el hecho de ocupar un cargo electivo de a su titular la posibilidad de quedar al margen de la autoridad de los magistrados, de acometer cualquier empresa delictiva sin temor a sufrir el castigo que le imponen los jueces, de coligarse con los enemigos […]”

Las reticencias del Parlamento en la lucha antisubversiva y el símbolo del enemigo infiltrado

Destaca el Presidente que Erro, fuera de la responsabilidad penal que le pueda caber a juicio de la justicia competente, es “el símbolo del enemigo infiltrado”, representó para quienes estaban en el frente de la lucha antisediciosa “el traidor que los tiroteaba desde la retaguardia”. Sostiene que la importancia de este episodio “va más allá de la pura relación entre el ciudadano acusado y la justicia que lo reclama ya que él, el 1 de marzo de 1972, antes de que el gobierno hubiera dictado sus primeras medidas […] ya elevaba su puño airado contra el Presidente de la República. Y para ese entonces había manifestado públicamente también que ese era el año del triunfo de la revolución armada y que el nuevo Presidente no pasaría del mes de agosto”.

Recalca que “desde el punto de vista del pueblo uruguayo, la negativa de la mayoría de los legisladores, representa el decaimiento del espíritu de lucha contra la sedición”. Este párrafo hay que interpretarlo como que tal actitud del Parlamento propendía al decaimiento del espíritu de lucha en general, del espíritu de lucha en aquellos que realmente luchaban; no del espíritu de lucha del Parlamento que nunca tuvo… Que tal interpretación refleja fielmente lo que en realidad quiso decir el primer mandatario, se comprueba en un pasaje posterior en el que señala que los uruguayos “hemos contemplado con asombro las reticencias (del Parlamento) en la lucha contra la sedición”.

Ejemplo y culminación de un proceso de larga data

El Presidente Bordaberry, aún cuando da al lamentable episodio del desafuero de Erro toda la importancia que merece, no por eso deja de advertir que él se inserta en un contexto mucho más extenso y mucho más grave del cual no es más que “ejemplo y culminación” […] “no es un episodio aislado fruto de una coyuntura circunstancial sino más bien es ejemplo y culminación de un proceso de larga data que corroe sin pausa las instituciones nacionales”.

Predominio de la ambición política y de la guerra contra las instituciones

Historia luego el Presidente todos sus esfuerzos para aunar las voluntades dentro de su propio partido y con los otros grupos tradicionales […]

Habiendo conseguido que un “importante sector del partido que no puedo llamar adversario, aceptara integrarse en la gran tarea nacional […] desde dos extremos se hizo fuego a esta actitud patriótica de quienes habían comprendido que la hora era de unión y no de divergencias”; desde el extremo de los enemigos de la patria y desde el otro extremo desde donde “hubo quien, ciego por su frustración y movido sólo por la ambición personal, denostó desde el primer momento, disminuyó, rebajó la conducta de los hombres que habían resuelto deponer sus diferencias partidarias en la hora en que así lo reclamaba el supremo interés nacional”. Clara alusión al “Güilson” cuya última ‘’performance” es la disparada con el “Toba” Gutiérrez para Buenos Aires, donde se entrevistaron con los tupafrentistas Erro y Michelini y gestionaron el refuerzo de las subvenciones extranjeras para la nueva “lucha” a emprender.

Recuerda como […] se empleó “la calumnia como arma disolvente, el vilipendio de las instituciones como instrumento de deterioro, el no cumplimiento de los cometidos legislativos por intereses subalternos, paralizando, enervando la acción del gobierno […]”.

“Las instituciones las estamos salvando hoy”

Y de todo este cuadro significativo el Presidente sacó sus conclusiones […]: “no seré yo, compatriotas, quien asista inerme y pasivo, en nombre de una hipócrita defensa de las instituciones, a este proceso de desintegración nacional”.

No creerá haber cumplido con su deber si se conforma con entregar, al cabo de su mandato, “un país sin esperanza, un país sin felicidad, un país sin desarrollo, un país tal vez sin libertad, a cambio de poder decir que se han salvado las instituciones. Las instituciones, compatriotas, las estamos salvando hoy”.

[…] “No era posible detenerse sólo en defensa de la exterioridad, de la cáscara de las instituciones, mientras su contenido era corroído por la ineficacia, la demagogia, la pequeña política. Era necesario asumir la responsabilidad de detener ese proceso, que ya tan profundamente anidado en el sistema mismo, no era capaz de producir su propia purificación. Caminábamos así hacia el desastre en la apariencia de la institucionalidad cuando en rigor ésta había desaparecido sofocada entre ambiciosos y traidores”.

Puerta abierta hacia la salvación

El paso dado por el Presidente de la República Juan María Bordaberry está perfectamente justificado por la situación de nuestro país e impuesto por el Derecho Natural del que el derecho positivo es una aplicación; una aplicación que no puede agotarse en la mera formalidad, sino que tiene que cumplir los objetivos que el Derecho Natural supone. En el positivismo jurídico, acorde con la ideología liberal, el derecho no es más que una mera formalidad que se agota en el culto de lo formal, sin que sean lícitas actitudes como las del Presidente Bordaberry que se aparta de la formalidad institucional para salvar la esencia de las instituciones en peligro.

El gesto presidencial es una puerta que se abre hacia el camino de la salvación que debe ser recorrido con tesón y voluntad.

Momento de enfrentar a la CNT y a la psicopolítica comunista

La consecuencia inmediata de este gesto ha sido despejar el campo de elementos indeseables y de enemigos emboscados en las instituciones […] lo importante es la eliminación del nido de demagogos, antinacionales y políticos de profesión  y de afición que era el Parlamento; especialmente, la eliminación de los representantes del siniestro frente Antipatria.

Ahora, sin perjuicio de la eliminación de los emboscados que todavía queden, lo principal es enfrentar a los enemigos más amenazadores: la CNT y la psicopolítica comunista.

Estas constituyen amenazas gravísimas contra las que hasta ahora no hubo oportunidad de librar el combate decisivo por su eliminación total. Se está aproximando el momento en que ese combate será insoslayable, impostergable. Combate a muerte y sin cuartel.

10)                                       LA MENTIRA UNIVERSAL

Lo sabíamos ya por la sana filosofía, por el simple buen sentido, por las lecciones de la historia, por los desengaños de una dolorosa experiencia; ahora lo sabemos con la certeza augusta de la Religión. ¡El sufragio universal es la mentira universal!

Si el Papa, que es nuestro maestro, lo ha dicho, ¿por qué no hemos de decirlo nosotros, que no somos más que fieles discípulos del Papa? Si de Roma ha salido esta palabra, que vibrante y enérgica ha resonado ya en toda Europa, ¿por qué no ha de recogerla a su vez y repetirla la Revista Popular, que al fin no desea ser más que un eco de Roma?

Sí, Padre nuestro, oráculo de verdad y de divinas enseñanzas, lo sabíamos ya, pero no está de sobra que otra vez nos lo haya dicho vuestra infalible palabra. Lo sabíamos ya por la sana filosofía, por el simple buen sentido, por las lecciones de la historia, por los desengaños de una dolorosa experiencia; ahora lo sabemos con la certeza augusta de la Religión. ¡El sufragio universal es la mentira universal!

No se alarmen nuestros lectores: no faltaremos a nuestra divisa. Nada queremos con la política. Nada aquí de lo que se roce con lo transitorio y mudable de las instituciones humanas. Lo eterno, lo inmortal, lo superior a toda vicisitud y a toda mudanza, eso es lo que defendemos; sobre lo demás nos contentamos con gemir en el fondo de nuestro humilde hogar, y orar en la presencia de Dios y en el santuario inviolable de nuestra conciencia. Ni atacamos ni defendemos gobiernos; ni conocemos otros amigos ni enemigos que las doctrinas contrarias a la Iglesia católica y a las buenas costumbres. Véase si es clara y franca y despejada nuestra situación: véase si somos, o no, libres e independientes. Sentimos no ser como los pájaros del aire para poder cernernos como ellos en la inmensidad del espacio diáfano e incoloro, y poder así prescindir de la tierra, hasta el punto de no tener que hollarla siquiera con nuestros pies.

He querido repetirte aquí, lector amigo, esta nuestra ya vieja profesión de fe, primero porque no hay cosa vieja que no convenga recordarla de vez en cuando, y segundo, porque el asunto de que voy a ocuparme contigo en este artículo es arriesgado y expuesto a torcidas interpretaciones. Del sufragio universal se ha hecho arma de partido; bajo este punto de vista ni nombrarlo nos dignaríamos. Pero el sufragio universal es hoy, más que todo, base de un sistema filosófico en oposición a los sanos principios de derecho y de Religión; el sufragio universal es en opinión de sus apóstoles un criterio de verdad nuevamente descubierto, y constituye la esencia de lo que se ha querido llamar derecho nuevo, como si el derecho fuese tal si no es eterno. En este concepto ha tronado el Pontífice supremo contra el sufragio universal; en este concepto vamos a ocuparnos nosotros de tan sucia quisicosa.

¿Qué es el sufragio universal? Es el parecer del mayor número erigido en norma de verdad y de justicia. Es el derecho de los más contra los menos, por la sola razón de que aquellos son los más y éstos son los menos; derecho tan brutal como el del más fuerte contra el más débil. Expliquémonos. Es indudable que muchas veces los más pueden tener razón sobre los menos, como es cierto que muchas veces el más fuerte puede tener razón en su favor y no tenerla el más débil. Pero que una cosa sea verdadera y sea buena sólo (atiende bien la palabra subrayada) sólo porque el mayor número la crea tal, es, amigo mío, perdónenme los discípulos de tal escuela, haber perdido completamente la cabeza. Las cosas son lo que son, blancas o negras, verdaderas o falsas, malas o buenas, no porque así lo resuelva una fuerza numérica, aunque ésta se eleve a la categoría de universal. Todos los hombres juntos y aun todas las mujeres (mira si te pongo límites a la universalidad) que declaren que una acción es justa, no la harán tal si ella es injusta; y un solo hombre, un solo niño que en medio del universal clamoreo, sostenga que aquello es una iniquidad, tendrá razón él solo contra todos los nacidos y por nacer que afirmen lo contrario. Los millones de votos podrán ahogar el suyo; el caso por desgracia no será nuevo. Sin embargo, allí estará lo verdadero donde está la verdad, no donde está el mayor número que defiende la mentira.

Esto es sencillo, rudimentario, hasta trivial. Sin embargo, como las nociones más rudimentarias son hoy las más fácilmente obscurecidas, voy a esclarecerte la presente con una comparación.

La nieve es blanca. ¿Estás muy cierto de esto? Asegúrate bien de este dato, pues a tal punto ha llegado el escepticismo, que hasta quizá sobre esto un día se llegue a discutir. La nieve es blanca, a lo menos por tal se la tiene hasta el día de hoy. Ahora bien. Supón por un momento que a la mayoría de los mortales se les antoja cualquier día declarar que la nieve es negra; supón que no la mayoría, sino todos convienen por unanimidad en considerar como negra la nieve; aunque todas las generaciones afirmen sin vacilar este despropósito, ¿habrá perdido la nieve algo de su blancura? Apliquemos el cuento. Las verdades del orden moral son tan fijas e invariables como las del orden físico. Tan cierto es que el hurto es una injusticia, como que la nieve es blanca, y viceversa. Pues bien. Aunque todos los hombres lleven su extravío hasta el punto de creer y afirmar que tal o cual hurto, llámese como se quiera, no es una iniquidad, iniquidad será, aunque digan lo contrario, un sufragio universal y cien sufragios universales.

Históricamente tenemos comprobada esta verdad. El Hijo de Dios muere en Jerusalén, y es el voto unánime de su pueblo quien le conduce al suplicio. Sin embargo, el crucificado es el Justo por excelencia, y el pueblo judío no se llamará en adelante sino el pueblo deicida. Y saltando del Hijo de Dios a un simple mortal, hallamos a Sócrates, que es condenado a beber la cicuta por el fallo de un tribunal y por la opinión pública de sus conciudadanos; sin embargo, la historia ha seguido llamando a los atenienses asesinos del más ilustre de sus filósofos. En ambos casos el sufragio universal pudo llamarse con la palabra con que le ha llamado recientemente Pío IX: la mentira universal.

Sin embargo, eso que el Papa ha calificado con tan dura expresión sigue siendo para muchos hoy día la universal solución de todos los problemas, y cuan preciosa conquista digna de la ilustración de los pueblos modernos. A vos, católico, apostólico, romano, os llamarán necio y mentecato porque creéis en la infalibilidad otorgada por Dios al jefe de su Iglesia en lo relativo al magisterio supremo que ejerce en ella, se reirán si les decís que los verdaderos cristianos creemos que Jesucristo, fundador de su Iglesia, y alma y cabeza invisible suya, la está asistiendo constantemente con su divina influencia para que no yerre ni permita errar a los que siguen fielmente sus enseñanzas. Y ellos, los ilustrados, los superiores a añejas supersticiones, los idólatras de la razón, y sólo de la razón, empiezan por admitir como dogma filosófico la infalibilidad de las turbas (que otro día os llamarán inconscientes), admitiendo que siempre que los más sostienen una idea en oposición contra los menos, yerran por necesidad los menos, y aciertan por necesidad los más. ¡Vergüenza de nuestro siglo y de nuestros decantados progresos intelectuales!

¡Mentira! ¡Mentira! ¡Mentira! La filosofía, la historia, la experiencia y el sentido común enseñan todo lo contrario. Lejos de ser una probabilidad, cuanto menos una seguridad de acierto, el parecer del mayor número, es tal la condición del hombre corrompido en su inteligencia y en su corazón por la culpa, que la verdad y la justicia deben casi siempre buscarse donde están los menos, no donde están los más. Tocante a esto la Santa Escritura ha llamado infinito el número de los necios, y el Evangelio ha declarado escaso el número de los elegidos, y estrecho el camino celestial, en significación de los pocos que andan por él. Y haced la prueba tomando por teatro de vuestras observaciones así el mundo en general, como una nación en particular, o una provincia, o una sola localidad. Los sabios son los menos, los perfectamente honrados son los menos, los que merecen vuestra confianza muy pocos.

Tanto es así, que una de las dificultades que hacen heroica la verdadera probidad es que para practicarla es indispensable oponerse casi siempre a la corriente general de las ideas y costumbres. Si el sufragio universal no fuese la mentira universal, el papel de hombre de bien fuera el de más fácil desempeño. Con tener muy estrecha la bolsa y muy ancha la conciencia, como las tiene la generalidad de los mortales, estaríamos seguros de poseer la verdadera virtud y no habría más que pedir. ¿A qué sacrificios? ¿A qué abnegación? ¿A qué enfrenamiento de las pasiones? Vivir como vive todo el mundo, tan holgadamente como se pueda, he aquí la mejor regla de moral. Si lo que quiere el mayor número eso es lo justo, y lo que juzga el mayor número eso es lo verdadero, pensemos y vivamos como el mayor número, que cierto no serán enojosos los dogmas que nos mande creer este nuevo pontífice, ni los preceptos que nos mande observar. ¿Qué tal?

¿Te ríes, amigo lector? Bueno es que te rías; mejor fuera, empero, que llorases la miseria del hombre, que hace necesaria la refutación de tan locos desatinos.

11)                              EL ÚLTIMO CÉSAR EN EL RECUERDO

En este aquí y en este ahora, el último Cesar de Italia, Benito Mussolini, nos llega por el camino del sentimiento. Y lo hace cuando el próximo 29 de julio se cumplan 125 años de su natalicio y el 28, de estos días de abril que se desgranan, 63 de su vil asesinato. Violento tránsito hacia la inmortalidad porque, como el primer César –el que no llegó a Augusto-, también encontró en su camino a los Grandis, Cianos y Badoglios, Brutos parricidas que ya peinaban canas de políticos.

Pero veamos los primeros decenios de la XX centuria. El significado más hondo con que apareció Mussolini en la política italiana y mundial fue la necesidad de enlazar los quehaceres urgentes de la reconstrucción patria con la impostergable revolución.

Décadas de ruptura del tejido social por el liberalismo y el marxi-nihilismo hacían necesaria la intervención quirúrgica para el fortalecimiento del Estado y su restauración con la concepción cristiana del Corporativismo Participativo.

A este respecto señala el Padre Ennio Innocenti en su exhaustivo estudio titulado “La Conversión Religiosa de Mussolini” (Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2006): “Alguno difunde el equívoco de que la política social de Mussolini derivó de su matriz revolucionaria socialista, la cual ciertamente no tiene ninguna inspiración religiosa y mucho menos católica. Se desatiende así la oportuna referencia que Mussolini señaló en la romanidad (donde la originaria concepción corporativa adquirió dignidad política). Se olvida también la actualización de la concepción corporativa que en tiempos de Mussolini había acreditado Giorgio Toniolo con el favor de la Santa Sede. Se pasa por alto además la certera referencia a la inspiración cristiana probada por la experiencia corporativa política de las comunas medievales [...]”

He aquí, pues, los principios inspiradores de lo que Innocenti titula con justicia la “benemérita política social mussoliniana”, consecuencia a su vez del plan de “hacer realidad el Estado Participativo”.

Éste se perfeccionó incorporando aspectos fundamentales de la Doctrina Social Católica al entrar el Corporativismo en las empresas “elevando al trabajador a participante de la gestión, en la propiedad y por consecuencia en los resultados económicos de la gestión”.

Durante la República Social Italiana proclamada por Mussolini en setiembre de 1943, luego de la traición de un rey “pequeño de cuerpo y de alma”, se acentuaron los aspectos corporativos con la complementación orgánica de las ideas de propiedad y de sociedad. Esas Leyes Fundamentales que se conocen como de Socialización, pero que son la antítesis del marxismo, mero capitalismo de Estado tan brutal como el liberal que suele devenir en salvaje.

A este respecto el citado Don Ennio Innocenti califica las disposiciones del Duce de estar en perfecta armoní con el pensamiento de la Iglesia siempre radicalmente adversa tanto al capitalismo liberal como al socialista. Corrían por entonces los llamados “seiscientos días de Mussolini”, que son una prueba de su grandeza de espíritu.

En esto no tenemos más que ceñirnos a sus memorias en las que traza un proyecto completo de restauración social que podríamos llamar –con palabras joseantonianas- la Revolución Nacional Sindicalista.

Merece párrafo aparte y subrayado la política religiosa. Advenido al Poder en el año 1922 con su Revolución de los Camisas Negras adoptó una serie de medidas dirigidas a facilitar la obra espiritual del catolicismo.

En ese sentido se restauró el crucifijo en centros oficiales y tribunales. A raíz de la reforma educativa de 1923 se incorporó la catequesis en las escuelas públicas dándose existencia jurídica a la Universidad Católica de Milán.

Por otra parte, se hizo frecuente la presencia de autoridades eclesiásticas en las ceremonias públicas. Pero no bastaba. El conflicto desatado por el accionar carbonario- masónico, cuando los Saboya y Garibaldi tomaron militarmente la Ciudad de Roma, el 20 de setiembre de 1870, se mantenía vigente. Situación insostenible que el propio Jefe de Gobierno señaló expresando: “Cualquier problema que turbe la unidad religiosa de un pueblo es causa de un delito de lesa Nación”.

Sobre esa base Mussolini acentuó el proceso de Conciliación que fue coronado en febrero de 1929 con los Acuerdos de Letrán, los que convirtieron en situación de derecho la plena soberanía del Papa sobre lo que fue, desde entonces, y para siempre, el Estado Vaticano. En la Cuaresma de ese año, Pío XI, entonces Pontífice reinante expresó: “Con profunda alegría declaramos haber dado, gracias a estos acuerdos, Dios a Italia e Italia a Dios”.

Cabe sin duda que a esta altura de la nota nos preguntemos cuál es el juicio que puede hacerse de la política exterior de la Italia Fascista considerada en su conjunto.

En primer lugar hay que consignar que la conducta de Mussolini en relación a los asuntos internacionales tuvo tres puntos claves: la revisión de los tratados de Paz de 1919-20 empezando por el de Versalles, un Pacto de las Cuatro Potencias, que si hubiera sido aceptado habría contribuido a mantener la paz en el mundo durante un extenso período, y por último el Pacto Antikomintern para frenar el expansionismo soviético.

Pero no fue así y sus esfuerzos fracasaron hasta el mismo agosto de 1939, cuando ante la inminencia del conflicto entre Alemania y una Polonia incitada bélicamente por Francia e Inglaterra, presentó un plan de Paz que fue rechazado.

Sin embargo, hay algunos acontecimientos previos –que sucedidos cuando terciaba el siglo pasado- tuvieron especial significación. El primero fue la conquista de Abisinia con la que se extendió la civilización Occidental y Cristiana a un olvidado y salvaje rincón del mundo que no poseía más elementos aglutinantes que la autoridad de ciertos caciques.

En segundo término, el apoyo con sangre de Legionarios a la Cruzada de la España Nacional que impidió la bolchevización del extremo de Europa. Lo que llegó luego fue la conflagración, que al extenderse, ahogó la voz de Mussolini, quien hizo un nuevo intento por detenerla a comienzos del año 1940.

Europa fue entonces arrasada por los cañones que facilitaron, en Teherán, Yalta y Postdam, el orgiástico reparto del mundo “iluminado” desde el “Gran Oriente” por las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. En tanto las praderas de los Césares se empapaban de sangre, mientras le Valle del Po se cubría con la niebla gris de la derrota y la roja de las matanzas en nombre de la “sagrada democracia”.

Y fueron decenas de miles las víctimas en la fiesta congoleña de los “libertadores”. El primero fue el maestro y herrero del Predappio, que con sus duras manos había abierto un surco “con una iniciativa política que interesó al mundo mostrándole nuevos caminos”.

Eran las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945 cuando ante la verja de Villa Belmonte, en Giulino di Mezzegra, la metralleta del forajido partisano Walter Audisio disparaba sobre el cuerpo de un César que del Carso a Como, desde su adolescencia hasta su plenitud fascista, que está antes que nada en el Programa de Vernoa, había luchado por la justicia para su pueblo.

Caído, se lo culpó por una guerra que le fue impuesta por los que no quisieron revisar los cimientos falsos del período versallesco.

Muy cerca de allí, en Dongo, caían acribillados por la espalda los que lo acompañaron hasta el último momento ofreciéndole su vida, trabajo y sangre. Los que nada habían pedido en las horas del triunfo al hombre que había escrito en una ocasión: “Mi vida es un libro abierto. Se pueden leer en él estas palabras: estudio, miseria, lucha”.

El último César, cuyo cadáver la hez liberal bolchevique colgó de los pies, porque no los tenía de barro, también poseía, en las fotografías macabras que se publicaron, un decoro que nadie le pudo arrebatar. El brazo derecho como una espada y su mano, aunque casi rozando el suelo, con la que seguía indicando el camino y el vuelo de las águilas. Tal fue siempre su gesto, y el gesto y su significado en lo moral y lo físico es lo que queda de los hombres.

Tiempo atrás, desde la ciudad de Forli, llegamos hasta la cripta de la familia Mussolini en el cementerio del Predappio donde ante el sarcófago de piedra viva en el que el Duce descansa, oramos a Cristo Jesús por quien nació católico, confesándose tal en los días de su martirio.

Luego, y en voz alta, repetimos un párrafo de su testamento: “Todo lo que fue hecho no podrá ser borrado, mientras mi espíritu, ya librado de la materia, viva, después de la pequeña existencia terrena, la vida sin fin y universal de Dios”.

5 comentarios:

  1. Excelente explicación de los polvos que originaron los presentes lodos y clara advertencia a los ingenuos que creen que el último Papa, fue el que en realidad operó como génesis de los Antipapas actuales. Sirva también a los catecúmenos de la moderna idolatría: la papolatría.

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    1. Estimado Fernando José:

      Muchas gracias por su comentario. Hay, sencillamente, una relación de causa- efecto imposible de desconocer.

      En Cristo y María.

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  2. Recomiendo encarecidamente la lectura de la obra de Manuel Lacunza "La venida del Mesías en Gloria y Majestad". Sacerdote Jesuita chileno muerto en 1801 y que padeció la supresión de la Compañia de Jesus en el siglo XVIII. La obra escrita en ese siglo es de una profundidad y sabiduría digna de los Doctores de la Iglesia. Realmente ha sido un descubrimiento para mí. Las interpretaciones de las profecías del libro del Apocalipsis y del Profeta Daniel son, a mi juicio inspiradas por el Señor. Solo un adelanto: la segunda bestia...¡es el sacerdocio sin fe! Buscar en google, está on line en la biblioteca virtual Miguel de Cervantes. La última edición impresa es en Londres en 1820.

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    1. Estimado Hermann: Agradecemos muchísimo su recomendación. No conocíamos a Manuel Lacunza y su obra. Por descontado que será una lectura interesante y piadosa. En Cristo y María.

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  3. Hilario Atanasio Desarriano29 de junio de 2020, 15:28

    El Padre Manuel Lacunza s.j. (+1801) advertía que en los últimos tiempos el falsoprofeta justificador religioso del Anticristo -poder político-temporal- es el sacerdocio católico adulterado, sin fe, apóstata. Que es lo que estamos viendo en la Jerarquía Católica desde el Vaticano II (1962-1965) hasta nuestros días.

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